Ricardo Naise - De la sombra y el anhelo - Las noches y los días
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LAS NOCHES Y LOS DÍAS
(algunos fragmentos)

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Escrito en la primavera-verano del 2006, en Sevilla y Alájar.

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PRÓLOGO

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Venero esos viejos muros de piedras grises, que se alzan a media altura, flanqueando las veredas con su parva cima y las lindes del lugar. Esos muros vetustos desde los se puede divisar, acodados en el lomo de una de sus piedras, al ganado pacer, al nogal y a la higuera que entre acequias se recrean, y esas albercas de verdina profusa donde las libélulas se posan y tantos recuerdos, hoy extinguidos, hacen renacer, convocándolos ahora la memoria más allá del tiempo. Porque no es que la ciudad se encuentre lejos, ni siquiera que la vida anémica que conduce las nuestras no podamos percibirla también aquí, en estos parajes de montaña que a mis ojos se le antojan tan sumamente idílicos. Es sencillamente que, al recorrer este camino, esa vida se diluye y cesa el tiempo inmisericorde que la rige de fluir en él, para retrotraernos a otro tiempo que permite, en su inextricable madeja, que la vida de siempre de nuevo resurja.

Es la vida que nutrió a los seres a lo largo de milenios, la vida real que les dio alivio y ha sido, y sigue siendo aún, su más firme sostén, aquella que, soportándola, los aldeanos vivieron, sustrayéndose a la vez de los yugos de cualquier imperio que coaccionara su sustento o pudiera con sus garras amordazar su sencillez.
¡Cuántas civilizaciones, ciudades y costumbres, a lo largo de los siglos, no sucumbieron ante sus ojos!, con la variedad inmensa de estructurarse en sí mismas, las formas tan distintas de sentirla y vivirla al ponderar su particularidad (raza, religión, clima, latitudes…), pero contrapuestas siempre –como el campo a la urbe– a la vida simple y sencilla del pastor de montaña, del hortelano o el cabrero que, con el fruto que los árboles prodigan y unas rebanadas de pan y queso tierno, puede vivirla aún con denuedo y placer, prolongando en su mirada la mirada pura del indio de la estepa, del aborigen, que en el corazón de la selva viviría feliz, si el tiempo devorador que nos rige no lo hubiera alcanzado –desnudo sin carcaj ni flechas– también a él. Allí donde, desnudo y ajeno al mundo, y al dolor que ese mundo –este mundo, sí– ocasiona, la vida aún podría vivirse sin trabas ni demoras tal como es, sin aditivos o añadidos que pudieran suplantar su realeza.

¿Qué es el mundo? Un frenesí, dijo el poeta, un vehemente y, ahora ya, pernicioso y maníaco impulso de construir castillos de arena, cada vez más altos, cada vez más prepotentes, con la certeza plena de que, en un instante, las olas los derribarán. Así crea el hombre el mundo a expensas de la vida y la naturaleza. Así mide su osadía y destreza con ellas –tan honestas– para sentirse más seguro en su nimiedad.
A veces es necesario que el vuelo lacónico de un pájaro toque el corazón y lo estremezca. Es necesario a veces que el yo naufrague en el corazón de la naturaleza y su prodigalidad lo despedace, pues es necesario desnudarse para comprender. Comprender los guiños que la vida a cada instante nos deja, prendidos en el hueco de una espadaña o postrados en un sillón, los ojos con los que la naturaleza, como una madre solícita, cada día nos contempla, afligida al ver los ultrajes que sus hijos más procaces cometen con ella sin conmiseración. Todo es comprensión en la naturaleza. Compensaciones de todos sus dignatarios –aliados o adversarios– que cada día deberían rendirle tributo, de la salida a la puesta de sol. Ahora y siempre, antes o después, siempre habrá, mientras palpite, quién cante himnos a la vida en el corazón de la naturaleza.

Esa es la vida que anheló y vivió Francisco de Asís, que desearon o sintieron el lusitano Caeiro, Horacio en su Antigüedad bucólica, Arias Montano o Fray Luis de León, y tantos otros –reales o imaginados–, que no acabaríamos nunca de nombrarlos, uno a uno, ni de enumerar sus cuitas y excelencias, subrayando, en fin, los puntos en común y el matiz o matices de sus divergencias más reveladoras, coincidiendo, no obstante, todos ellos en un postrero fin o, más bien, habría que decir, en la abolición de cualquier fin a ella superpuesto, pues la vida se basta a sí misma, y es precisamente eso lo que esos seres, de una u otra forma, sintieron o anhelaron sentir dentro de sí, alcanzando uno el desprendimiento más santo y honesto, otros versando silvas del sosegado retiro lejos de la ciudad, pero implícito en cada uno de ellos –como un estigma que el tiempo no borra, sino que ahonda cada día más– ese impulso amoroso o necesidad de franquear barreras y sentir su ser, más allá de la cultura, religión o raza que los circunscribieron. Más allá del ser y el mundo creado por el hombre, encontrar el universo creado por Dios, o que a sí mismo se recrea.

Es también, en cierta medida, la vida que, desde el ámbito de la filosofía, Nietzsche y María Zambrano invocaron más allá de estructuras o sistemas lógicos de pensamiento, de elucubraciones ontológicas que la mente inventa para coaccionar, y dominar con su poder el poder de la vida al que intentan, con sus afines, acorralar para amordazarlo.
Y lo hacen también, una y otro, más allá de la contraposición –irremediable a mi sentir– de ciudad y naturaleza pues, a estas alturas, a medida que se urbanizó el campo, en la ciudad comenzó a crecer la hierba, provocando con su eclosión, que ese impulso amoroso o necesidad de abrazar, del que antes hablábamos, recobrara fuerza, pues no es que –en el ámbito afectivo, por ejemplo– ese impulso o necesidad nos exima del afecto que otorgamos a familiares o amigos, a un país o a una lengua. Es, más bien, que deseamos –con todo nuestro ser puesto en entredicho– dilatar ese impulso afectivo más allá del ámbito socio-cultural y meramente humano que nos vio nacer, implicando nuestro amor filial hacia la nube y la roca, y hacia todo aquello que vive y crece y se derrama, dentro y fuera, a toda hora y en todo momento, sin denuedo y por doquier, caminando o reptando por montes o llanos, volando por el aire o deslizándose por la rivera o, simplemente, estando como están las piedras o lo están esos árboles, tan dichosos de sí sin cambiar de lugar. Y también hacia todo aquello que los ojos no pueden ver ni la mano palpar y el deseo anhela.

En contrapartida, la ciudad actual amordaza la vida y la diseca. Todo en ella es un ir y venir a ningún punto esencial, un derroche de nervios, un colapso en las vísceras.
Barro, estiércol y perfume no son más –como los huertos que brindaban sus frutos a sus mismas puertas– lazos que en las ciudades antiguas nos unían al campo, signos que, a cada momento, devolvían al origen los afanes vehementes de los que –por toda la geografía del planeta– cualquier ciudad brotó. Como hongos o frutos o la flor del cactus en tierra fértil, árida o húmeda, fecundas por igual.
Unos muros de argamasa, piedra o ladrillo, y la cal que en las casas enrojece al atardecer, en nuestros ojos a mediodía, aun si los días y las noches en su cielo se estampan, y la luna llena de agosto ilumine sus plazas con todo el esplendor maravilloso de ayer, sólo en los barrios antiguos de las ciudades históricas podemos hoy sentir, aunque sea levemente, esa vida auténtica, una vez que el tiempo se encargara de poner la vida del mundo en su lugar, inhibiendo así el afán que la llevó y el ardor de su vigencia. Porque los afanes y denuedos de los seres que las erigieron sucumbieron ya, amalgamadas sus huellas con aquellas otras que sus predecesores dejaron impresas.
Y, así, como marzo se va, se van también todos los deseos que marzo cobijó en su seno desde la aurora de los tiempos –el ficticio y el real, digámoslo otra vez–, y es hermoso contemplar cualquier tarde el retablo de una iglesia, comprobando la vigorosa ingenuidad que derrocharon nuestros antepasados para hacernos sentir el sentir de un vano quebrado o la espiral de una voluta.
Es hermoso, sí…, pero no tanto como este encinar, que de oro esmalta el sol en su partida.

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IDUS DE MARZO

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I

Niebla de marzo.
La primavera se gesta entre el sol y la duda,
y esa rama de naranjo, caída sobre el pavimento gris,
parece traer consigo el paso leve de unas sandalias
y el pliegue de una túnica
(claro está: de una joven romana
que de la antigua Hispalis ha resurgido).

Y, así, el frescor del mirto se alía a la flor de azahar,
la Antigüedad pagana a la espiritualidad del Seiscientos,
fervorosa procesión de dioses macerados,
que recorrerá las calles por las que ahora transita
esta niebla matinal.
Porque existen dos presentes: el meramente actual
y aquel que permite que el mito sobreviva.

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II

Somos nosotros que pasamos y no el tiempo.
Pasa la parte fungible que fenece con aquél,
pero un cierto aire de marzo renueva el adviento
de un abril en ciernes,
flores e incienso y olor a azahar,
nueva renovatio que de la penumbra tibia
ha resurgido, al tocar Perséfone, la de pies ligeros,
la tierra ofrecida,
la ciudad vencida y tomada por los pájaros.

Pasamos nosotros y no abril.
Aquél deja su huella tatuada en la cerviz
del palimpsesto, trazos que se amalgaman
a otros vestigios, en los que este abril se fundirá,
como el trazado abigarrado de las viejas urbes,
donde aún perdura el rastro desdibujado
de muros olvidados y casas extinguidas.

Así, año tras año, marzo vendrá con sus flores
y, tras él, vendrá abril, y con ellos pasaremos
nosotros como pasa por las calles Pascua florida.

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III

La tarde es un tapiz,
cielo y agua su trama coagulada,
y cruzar el puente, que a Triana conduce,
una envolvente sensación de ir en barco
surcando un mar, entre orillas próximas
que se dan la espalda
y sus respectivos caseríos podemos contemplar:
rêveries de mástiles y aura portuaria.
La de ayer, exánime, que en la cal reverdece,
la actual: en las piernas de ese muchacho
que corre por el puente como por la arena
de una playa.

Pero estoy aquí,
a orillas del río,
junto a esa tapia blanca que el álamo
ensombrece, y a las aguas glaucas,
al pie del puente umbrío, en el Paseo de la O.
Un abandono de harén,
mares de China legendaria,
un sigilo de placer furtivo
y ductilidad milenaria.

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IV

A Lorenzo Gatti

Serena amistad,
complaciente venero de aguas nítidas,
vasto tapiz donde las almas tejen
alianzas que, en su trama,
el destino quiso cumplir.
Como aquella madrugada en Venecia,
en el último vaporetto que, de una isla,
al Gran Canal nos devolvía
la noche de San Bartolomé.

Difusa estaba la ciudad,
puro y tibio el aire salobre.
Era como una melodía que en las aguas
del Adriático hubiéramos escuchado
siglos atrás.
Una melodía, que tú tal vez no recuerdes,
y que escucharemos juntos
en no sé qué futuro.

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V

Algo en tu vida recuerda al remontarse
de la trucha, de esos inquietos peces que,
en los ríos de montaña, saltan y brincan
como presintiendo un manantial,
nadando en sentido opuesto al agua que fluye
hacia el mar lejano.
Es esa turbia transparencia de aguas límpidas,
que el descenso anegan, la trucha inquiere
y, a veces, en el aire, la hacen zozobrar.
Pez que a contracorriente nada
y, sobrevolando el agua, pájaro deviene.

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VI

Las lenguas…
¿Qué interés podemos encontrar en ellas
sino aquel que nos devuelve su parte más
ilimitada, el gozo de sentirnos en su seno
con la misma sensación que, en el vientre
materno, sentimos antes de nacer?
Su rostro externo es diverso e idéntico
en cualquier rincón del planeta.
Su esencia, siendo una, es siempre distinta
en su acontecer, como distinto y único es
el instante que pasa sin reparar en su rastro,
como uno fue el instante que desencadenó
el fasto sincopado en la aurora del mundo.

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VII

Duermevela es el estado ideal
para que las palabras fluyan plenas,
suspendida la consciencia en un spleen
que, como el plancton que nutre al pez
en un bancal marino, ando con un ojo abierto
mientras duermo, para ver qué palabras
y rimas insólitas se vierten en mi red.
Y como el pescador que ve brincar
en la suya los pececillos al alba,
veré yo en la mía, cuando el día madure,
todo el rumor de alianzas y esplendores
que la esquiva musa me dejó al marchar:
¡toda una constelación!...
pero, en verdad, es un fastidio ver esta noche,
cómo esos seres vivos ponen con su sonido
patas arriba mi casa cuando, a estas horas,
como todo hijo de vecino, debería dormir.

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VIII

Y heme aquí, creyéndome súbdito
de un monarca sabio, noto y ejemplar,
oriundo, pues, de un reino invisible,
donde el poder se doblega,
más que se ejercita, a la luz solar
que del cielo desciende.

Rey dador,
rey de reyes,
portador de luz y bondad,
cuya presencia se hace ostensible
en la corona de oro, ceñida a su cabeza,
y en el cetro solar que eleva en la luz
su mano pacífica,
pues es éste un rey del que la historia,
en sus anales, apenas da noticias
y, si alguna vez lo hizo,
fue para relegarlo a la esfera del mito
o la leyenda inmemorial.

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LAS NOCHES Y LOS DÍAS

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INTERLUDIO

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Porque abrazar es como hablar, he venido a deciros, con palabras torpes o elocuentes, de las bendiciones que, incansablemente, otorga la frecuentación de este lugar, del sosiego de estas aldeas y estos pueblos pletóricos de cal viva, a los que esa peña abrupta exime de las inclemencias del tiempo presente, ausente aquí, porque de las grutas que de sus escarpadas y altas laderas surgen parece brotar un céfiro ligero que, como a Psique transportada en la nube, nos llevase a un reino certero, cuyas puertas se entreabrieran para entrar en él. Y esa luz, que por los campos se difunde, no parece aquélla a la que el astro sol nos tiene acostumbrados, sino la luz de un más allá sellado, que a veces –como en sueños– los sentidos perciben.

Visité lugares donde la compenetración con la naturaleza se produjo por igual, lugares que al contemplarlos nos hacían sentir la presencia intuida de seres invisibles, profundas concavidades que, bajo las briznas de hierba, surgían silenciosas y lo hacían del revés, como el doble reflejado en el espejo o el envés, ¡insondable misterio que a los ojos se escatima! Pero sólo aquí, tal vez por haberlo frecuentado solo y largamente, esa presencia –visible e invisible a un tiempo– la percibo a cada momento al rozar mis pies este lugar, paseando por esa Peña de los ángeles, que en sueños me persigue y, al respirarla, danza el alma entusiasmada y se colma de contento.

Existen ciudades, como Fez o Sevilla, donde el ladrillo y la teja roja acogen en su seno reflejos de oro puro y altares de coral. Otras con canales, como Venecia o Brujas, donde el vapor de las aguas, en diciembre, de niebla las cubre casi por entero, y las casas vislumbradas parecen soñar, levitar como almas en vilo que el frío invernal las torna visibles.
Lejos de estos lares, visité ciertos lugares a orillas del mar, con gentes que hablaban dulcemente y en sus labios pervive siempre dibujada una sonrisa… y, aún más allá, en las inextricables profundidades de la selva acrense, creí tocar con mis manos el corazón malherido de la tierra que palpita y que, ruda y tiernamente, en su seno me acogió.

En todos esos lugares brotó la desazón, al par que surgió la dicha, el anhelo persistente de reunir, en un solo abrazo, la ternura y la impenetrabilidad, el dolor y la dulzura, y la sagacidad de esos muchachos que, como las aguas de un río, fluyen ante mis ojos y, después, desaparecen.
Y, así, el hombre audaz, la sagrada concubina, y esos mendigos que del pórtico hacen morada a la caída del ocaso. Entre sucios cobertores se disponen a descansar, a anhelar, con su desamparo, que esta noche –como un elixir– filtre en ellos su veneno y a las estrellas los remita.

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BALCÓN

Para que la vida continúe…
este balcón,
las copas altas de los cedros
y la cal de este ameno patio
cuyos muros trazan, con sus rosas,
una posible redención,
una isla suspendida en la inmensidad
del mundo.

Para que la vida y la muerte se alíen…
estos huertos en flor,
esos tejados rojizos y esas chimeneas
encaladas, de las que en silencio
emana un delicado humo,
que por montes y vaguadas derrama,
benevolente,
cenizas puras, agreste olor.

Para que el sueño de la cal y el bronce
perdure…
aquella hermosa ermita con su espadaña
blanca, tañidos de campanas deslumbradas
que paz bendita proclaman
por Alájar y sus cumbres.

Peña de los ángeles, de Montano alfiz,
una cima consagrada para este huésped
taciturno que, con el balcón abierto,
en torno a un fuego,
de par en par alienta el corazón.

Para que la vida continúe...

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SENDAS

Llegar, andar y desandar, volver, una vez más,
a recorrer esos caminos, el sendero que se adentra
por el bosque ignorado junto al agua fugaz:
rivera cristalina que entre adelfas se recrea.

Bosques apacibles, ocio perezoso, serena ligereza
que en mayo se cimbrea, junio la extinguirá
y, en ciernes, la alta plenitud del verano
vendrá tras ellos, calma y complaciente,
a colmarnos con sus frutos.

Pletórico el higo estallará en la higuera,
las siestas, indolentes, de sopor y paz nos cubrirán,
y una vez más, como antaño en las antípodas,
volveremos a sentir la vida como aquí la sentimos:
como frutos en sazón –dulces al paladar, adorables
al tacto–, como agua que al agua regresa enternecida.

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FUENTEHERIDO (S)

Aquí en el Coso, en esta plaza blanca,
herido por la fuente del lugar,
las delgadas chimeneas que se alzan
parecen cigüeñas con la cabeza erguida,
que desde sus altos nidos, sorprendidas,
me mirasen.

Reténlas en los ojos y acógelas en tu
interior, pues la cal de esas chimeneas
y el vuelo de los pájaros, que el aire esparce,
muy pronto se alejarán de tu vista.

Se irán en el autobús que, sentado al sol,
escribiendo aguardas,
conmovido por la fuente serena
y el redoble azul del castaño que despunta.

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NOCHE

Y las estrellas que ciernen la noche
con su luz de cristal.
Es un harén,
henchido templo de velas que fulguran,
pletórico conciliábulo de lucientes
doncellas, que de lejos velan
mi sosiego estival.

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OTRA NOCHE

La noche, quedamente, se desliza.
Posa, cual daga templada, sus manos tibias
sobre pretiles y techumbres
y en lo más hondo de mi ser.
Llega, arrastrando ya por el suelo su túnica translúcida,
a sorprenderme en mi aposento,
en el escalón de mis anhelos y lamentos que, a media luz,
entre el fulgor de la casa iluminada y el patio a oscuras,
a esta hora crucial, casi cada tarde me retiene.

En este rubicundo escalón de mármol sin pulir,
dos reinos contrapuestos
–el de la luna y el sol, el de fuera y el de adentro–
se diluyen y me invitan a dilatar las horas
que precederán a este eclipse,
más allá de lo que a las horas, con su exiguo aliento,
les es dable ofrendar.

Así, a un lado encuentro la obscuridad azul-translúcida,
tachonada de estrellas…
y, dentro, la música callada en las cuerdas de un sitar,
el sosiego de la casa que entreabre sus puertas para que
la soberana acuda,
recorra las estancias silenciosas con sus pies de cristal
y, con su cara blanca, mi velar sosegado ilumine.

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TRENZANDO JUNCOS

¡Eh! Estoy aquí,
trenzando juncos como un indio
en la tarea de construir una barca
que, ínclito, me deslice por el lago Tilgamesh.
El bosque es profuso y las ramas de los árboles
os impiden ver,
pero aquí estaré, pasando días y noches,
trenzando y destrenzando juncos
mientras la tormenta se desata.

Ahí fuera andaréis ya de parranda
después de desollaros vivos por un maravedí.
Aquí, ahora, el instante es propicio,
la hora álgida,
regresan los rebaños al aprisco
y alguna estrella rezagada comenzó a titilar.

¡Si supiérais qué extraño recogimiento
produce este quehacer entre el simple devaneo
de la piel y la savia!
Vendríais diligentes a trenzar juncos conmigo
para hacer una barca, grande como la de Noé,
que por la Ribera de los Encuentros,
ínclitos, nos conduciría.

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NAUTILUS

Un polvo dorado en los párpados se posó.
Cubrió rostro y cuello,
hombros y cabellos por entero,
y traza ahora, en torno a los ojos,
una línea añil,
similar en su gesto a aquélla otra
que perfila la mirada
en los ojos rasgados de las momias de Egipto.

Es el preámbulo de un antiguo rito
que se va a celebrar,
aprestos de unas nuevas nupcias
que se avecinan
mientras me encuentro con el rostro tatuado
en el interior de una nave, que
mar adentro me conduce,
mar adentro, en mi interior…
Una nave en la que,
postrado y con los ojos abiertos,
creo soñar en una extraña travesía
que la alta mar arrasa.

Nave sin ancla, con la vela henchida,
donde Nautilus mentor es mensajero.

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ATLÁNTIDA

Atlántida sumergida,
qué montes agrestes, al desbordarse el mar,
no olvidaste por aquí,
qué oteros en flor, qué bosques y marismas,
para que los ojos contemplen así,
con saudade tan precoz,
la higuera antigua y el encinar,
y el primer rayo de sol que en la ensenada se desliza.

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PERDICIÓN

Más perdido que Pessoa en sus heterónimos,
tan perdido como un cosmonauta
en los espacios siderales
lo podría estar.
Perdido y redimido al par,
a un mismo tiempo,
pues una perdición tal
no es humana,
sagrada, sin duda,
divina, tal vez.

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ÁGATA

Llega impávida y se acerca,
se inquieta y gira el rostro hacia otro
lugar, como no queriendo ver lo que
ante ella se muestra,
queriendo, en cambio, que la confianza
que la asiste se abra paso en su corazón
selvático, y tierna se muestre a mis ojos
como un manso animal.

Huérfana de sí,
sostenida en vilo por el devenir
de la música,
acurrucada en sí misma como sólo
una gata sabe hacerlo y lo hará.
Huérfana de sí y aovillada en sí misma
y con esos ojos cautivos que me miran
sin verme.

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LATINUM CARMEN

Cada vez que este viejo y deshilvanado libro
de poetas latinos cae entre mis manos,
las palabras claras y elocuentes
de una oda de Horacio, devueltas por azar,
me hacen olvidar las horas robadas al sueño
que, cansancio y gozo sumos, la tarea
de escribir versos me hizo padecer.

Y sentir también sana envidia
por la cadencia perfecta que los suyos exhalan,
tallados en el corazón de la lengua latina,
como esas piedras redondas
que en el fondo de un manantial se pueden ver
y, al desbordarse en riachuelo, fluyen con el agua.

Horacio, como Gesualdo, nació en Venosa
siglos antes que del seno de la música
brotara el madrigal,
pero ya en sus odas palpita un peculiar ritmo
que hace de Venosa un lugar, tal vez, idílico
para retirarse en una quinta y leer en voz alta
aquellos versos…
En mis sueños nocturnos imagino que te tengo,
que te persigo a ti, que vuelas por la hierba
del campo Marcio,
que te persigo a ti, cruel, por el agua inconstante.

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SUITE

Pudiera yo ofrecerte
–¡y con cuánta fruición!–
un mundo en el que reclinar tu
frente, y tus ojos, cansados de
añorar, puedan reflejar los míos,
plenos y concisos en su vuelo
ingrávido.

Poner a tus pies un reino donde
el esposo sea solaz,
vuestros hijos una promesa feliz
que, sin tregua, se aguarda,
y las rosas de Versalles
–su perfume y candor–
sean testigos un año más de esa
vida serena que vivís de paso,
esa existencia al raso que en
silencio pasa cuando mayo arrulla.

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ELLA

A María Antonia Blesa

Se elevó,
encaramó su anhelo
en los aleros postreros
de la torre más alta,

cobijóse en ellos
cual núbil golondrina
cansada de volar.

Atravesó el umbral
del pórtico marmóreo
para penetrar
descalza
en el templo de Delfos,
tal una vestal antigua
que al lar fue devuelta.

Todo en su recinto
volvió a serle familiar:
las blancas columnas,
el atrio albar,
el altar secreto…

Los oráculos
ocultos en su seno
que, devuelta su luz,
sus manos pequeñas
de nuevo descifran.

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RECUERDO

A Jordi Vallès

No saber de ti, colma la tarde
crepuscular de atonía y cansancio.
En vano, el recuerdo de aquellos
años permanecerá,
los pétalos de aquellas rosas
se marchitarán
cuando yo haya partido,
y evocar el tiempo que viví contigo
en Barcelona es como rememorar
un idilio que naufraga sumido
en el tragaluz de un barco,
coronas de flores mustias
que el tiempo ingrato irá borrando.

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AL FIN

Y vino, tal un dios en carroza de oro,
a naufragar en el muro encalado de
Além,
a verter mis lágrimas postrado al pie
de la rota hornacina del tiempo,
y llorar con la gata taciturna
cuyo lomo atigrado pude al fin acariciar,
ronroneando los dos
–como por ensalmo unidos–
bajo el alto estribillo de los cedros.

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TARDES

Me gustaría –tardes que os columpiáis en brazos
de un vasto cielo– pediros un favor.
Sed complacientes sin reservas o rémora alguna,
solícitas, siempre, a este vago sentir,
y esas nubes, que las fauces del tiempo devoran,
sean promesas verdaderas de otras tardes que perdí.

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POEMAS EN PROSA

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LA CASA

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Podría llover –bendita ligazón entre el cielo y la tierra–, pero es verano aquí en el Sur, en este ardiente y exhausto Sur del hemisferio nórdico, donde en verano es raro que llueva, a pesar del imprevisible clima del siglo actual y, en especial, en un año de escasas lluvias como ha sido éste.
Podría llover, pero no lloverá hasta que la canícula remita y la casa desierta sienta, con los vientos primerizos del primer mes otoñal, un repentino escalofrío que nos hará coger, del olvidado cajón de una cómoda, una prenda de abrigo –heraldo del frío invierno– que reconforte el cuerpo.
Mientras tanto, la casa reposa tranquila en una larga y soporífera siesta. Los gatos, al caer la tarde, aguardan impacientes la hora de comer. Las tardes, las inacabables tardes de agosto, que lentas se prodigan en eternidad sin par, y es un placer inmenso sentarse a contemplar, en el escalón del postigo del patio, el crepúsculo estivo que, poco a poco, se va oscureciendo.
La noche llegará, como en los meses estivales de sólito acostumbra, dulcemente sosegada y en profundo silencio. Posará su blanco pie sobre collados y riberas, techumbres y cornisas, vaguadas y veredas. Se posará en las laderas como si la reina fuese de la pródiga vastedad que se extiende a sus pies. Resurgirá translúcida, tachonado de estrellas su inmenso velo negro. Antes, las nubes se encenderán, estremecidas, las ramas de los cedros se estamparán en el fulgor de un cielo incandescente, con inflamadas nubes rojas, rosas o anaranjadas en el tenue azul añil, y esa rauda nube que cual rastro de cometa cruza el cielo, recordando el gesto con el que trazaría una línea, sobre el papel o la seda, un pintor japonés.
Las casas de la aldea se iluminan a estas horas. La lámpara junto al diván me invita a leer, o a tumbarme en él y no pensar en nada, inactivo, en calma, con el infinito en la mirada que sentimos al nacer. Así, la casa vacía, poco a poco, se despoja. Presencias impalpables respiran quedamente en el umbral del zaguán, al par que un profundo abandono, sosegado y tibio, me induce a reposar y escuchar las voces que en la cal de los muros reverberan diáfanas, tal las voces que escuchamos por el campo tras la lluvia otoñal.

Solaz de vidas extintas es una vieja casa, lugar circunscrito por manos humanas en el espacio terrestre, con cimientos que a la tierra se funden como la raíz del nogal, con muros y tejados, puertas y ventanas para entrar o salir, abrir o cerrar, vivir y morir en calma. Es el altar donde antaño nacíamos y moríamos, del mismo modo que nuestros antepasados lo hicieron, antes de que el nefasto siglo decretara que nacer y morir son simples tránsitos, sujetos a estadísticas, que el hospital, científicamente homologado, debe acoger. Como si acoger vida y muerte fuera posible en el aséptico y frío hospital de una urbe sin alma.
Las almas, sin embargo, vagan en calma por la casa solariega, ejemplo de vida austera donde vine a reposar, y a evocar mi niñez cada día más lejana. Caserón anclado en un tiempo extinto que aquí perdura, con sus estancias apenas amuebladas, que conservan intacto un cierto deje de ayer, un cierto aroma en los techos bañados de rústica elegancia, en las puertas, en las vigas, en los dinteles y en las losas que enlucen su suelo finamente coloreado, con simétricos y diversos dibujos estampados en cada habitación, las viejas losas hidráulicas, que del olvido quiere rescatar el interiorismo de nuestros días.

La cal, propiciadora ferviente de la antigua vida cotidiana, está presente en cada estancia del lar, en el patio adyacente, en cada rincón de la casa. Y están los zócalos, de color pintados a media altura, ocre en el corredor, rosa y verde, respectivamente, en aquella sala y ésta otra, que una generosa chimenea preside, y que tan largos y fríos inviernos al corazón de sus antiguos moradores ha debido acoger.
En esta habitación, una pequeña ventana con postigos barnizados se abre a poniente. Un amplio alféizar, tan ancho como la pared, acoge la luz solar… y los azulejos vidriados, dispuestos en su base, a veces refulgen. Esta ventana es una apertura minúscula abierta a un mundo inmenso. Puedo contemplar, a través de ella, las copas de los cedros, la ladera de una montaña, segmentos superpuestos de tejas rojas y un fragmento de cielo azul, en cuyo seno alguna que otra nube danza, ingrávida, por su cuerpo ausente.
Tras la ventana se abre un patio, tal antesala sencillísima de esa inaudita visión, o el tosco y blanco atrio de un templo antiguo. Ni el cristal ni la reja interfieren en la poderosa visión que esa ventana ofrece. Poderosa por ser austera y cotidiana en su humilde condición. Por la capacidad de aludir, con elementos bien simples, a la poesía más elevada, que el alma, extasiada, ante ella siente. Poderosa porque, ante una ventana así, sin demoras y sin pausas el alma enajenada se inclina mansamente. Lo hizo en el pasado y lo hará en el porvenir. En algún lugar de su incorpóreo cuerpo le crecen alas y, así, en la diáfana limpidez de ese aire vuela alada, sin el pesado fardo de recuerdos del pasado o futuros por venir.

Los ojos de Horacio y Caeiro debieron contemplar fragmentos similares a éstos otros que ahora ven mis ojos, reflejo restituido de una Arcadia real y no fingida o de fábula, donde el olor a estiércol no desdice un ápice del conspicuo aroma de la rosa o el jazmín. Uno vislumbró esa Arcadia por los ojos de Pessoa. Otro, por la mirada, hoy sepultada, de la latinidad antigua. Ambos, como Montano, sintieron el tierno y rudo corazón de Natura palpitar en el suyo, con miradas ínclitas que su seno acogió, entregando sus almas al viento que sopla por los riscos abruptos, las simas inasibles, las escarpadas montañas que en cadena se deslizan hasta alcanzar el mar.
En una casa como ésta querría morir, pues en una semejante vi por primera vez el mundo, con gruesos muros encalados que ahuyenten el frío y el calor, hueco de escalera y pozo en el patio sombreado por las hojas de una parra, con cámaras y alacenas que en su jugo conserven los frutos en sazón, el queso agraz, el dulce de membrillo, y la cal prodigándose por las desiertas estancias, el desván y el corredor, la cal propiciadora que mantiene vivo el diálogo ininterrumpido con nuestros ancestros y, como la piedra, la argamasa o el ladrillo, es un elemento constructivo de honda raigambre secular.
Sí, en una casa similar a ésta querría morir un día cualquiera, en cualquier lugar del Sur profundo. Será como soñar despierto con los ojos cerrados. Como cuando creo escuchar el eco de las voces de sus antiguos moradores, el eco de los muertos, el eco de los desaparecidos que, tras el último suspiro, saludaré, mientras serenos me contemplan desde esa otra realidad, próxima y distante, donde la sombra no existe.
Desde el otro lado, sí, del lado de allá, del más allá de esta vida, donde otra vida fluye indemne, tras el reposo de la carne, la huida de la sangre, la inanición total.

Podría llover esta tarde, de pronto oscurecida, pero…

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A BENITO ARIAS MONTANO

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El postigo, como el alféizar, son umbrales propicios para que fulgure la luz, y el fuego del hogar aliento esencial para que podamos sentir la presencia y la voz de los antepasados, el gesto inadvertido que los mantuvo en pie, el gesto adusto que lo mantuvo a él, con la mirada sumida en la Sierra de Guadarrama, el áureo despliegue de las cacerías del príncipe y su séquito real, con sus crines de alazanes, jaurías de canes y jirones de nubes flotando al viento; la córnea que resonaba por las lindes del bosque y, de un horizonte a otro, sincronizaba su tañido con el sonido que el tiempo irradia al pasar, el semblante sereno y melancólico que, de la penumbra tibia, por azar ha resurgido, allí donde El Escorial, incólume y gris en su piedra berroqueña, alarga su regia sombra desde aquellas claras serranías hasta esta apacible frondosidad, que el manantial y la roca de continuo acarician.
Aquí la Peña ahuecada donde manaste, hecho gruta, como la fuente que mana en la concavidad calcárea hasta verterse en la luz, el manantial que, en la oquedad sosegada, propició el vacío, para que la vida contemplativa diera sus frutos y arraigara en ti, brotando con sólo estar en su seno con la conciencia despejada o despierta: roca angélica donde la Soberana mora, con su corte hospedada, en la atalaya de luz.

Gozosa es la plenitud que contemplaste desde esta augusta polaridad, encaramada en un risco, esta privilegiada roca que otea el horizonte y ve cómo nace y se pone el sol cada día en su decurso, dirigiendo tan sólo la vista a diestra o siniestra, la mirada que, como desde un proscenio, en Oriente u Occidente se detiene para beber, meditar, recrear los ojos…, aquella mirada impar que en el fuego del hogar ahora se posa y, a través del postrero ventanal, sentado a la mesa, contempla el aire montaraz de la agreste serranía, el otero escueto, y la versatilidad suspendida al filo de la pluma, que aguarda la palabra precisa que pronunciarán los labios. Y así como tu mano traza un signo, que en los nódulos del tiempo va a diluirse y perseverar, ella merodea serena en el fluir conciso de tu pluma mientras escribes –mientras escribo– y nos contempla con un rostro que ni el tono más inusual que un pintor insigne pudiera extraer de su paleta, ni el más apasionado e inspirado himno que poeta alguno pudiera versificar, podrían salmodiar, con pigmentos o palabras, el profundo y dulce encanto de los ojos de esa reina. ¿Cómo hacerlo si la candidez y la tersa mirada de la gacela, de la nutria o el armiño, al intentar describirlos, nos mantiene callados, con los labios sellados, postrados a sus pies? Siena tostada, muy diluida, es el color que refulge en la apertura rasgada de sus ojos, nimbados, a su vez, por el mismo resplandor dorado que emana de su ser y envuelve su figura, y mirando en leves ondas se propaga en la luz, en la penumbra tibia y en la sombra acuosa.

Sientes en las sienes un leve fulgor, un arremolinarse encendido en las yemas de los dedos, y un profundo vacío que inunda los sentidos y se disuelve en la luz, vacío que no es ausencia, sino plétora translúcida, inabarcable presencia que desintegra con su aliento los entresijos del ser, la trama inextricable del espacio y del tiempo… Y, así, resurgida del fondo del mar, Atlántida emerge entre las ondas, desde el blanco litoral atlántico, desbordado de espuma, se desliza tierra adentro por montes y lagunas hasta alcanzar esta Peña, afín a las potencias de Lis que, en Lusitania, velan los séfiros, cohortes angélicas que en el éter se hospedan e, invisibles al ojo humano, las entrañas de la tierra preñan con su exhalación.
Castillos de Tomar, Aracena, Tentudía…, centros magnéticos, en cuyo seno ríos subterráneos discurren confluyendo entre sí, y en el manantial que mana de tu entraña para ungir esta roca, las laderas de esta peña rocosa que, al igual que aquéllas, celtas y templarios sondearon con pulcritud, y ermitaños y pastores frecuentaron siempre desde tiempos antiguos, sabios ambos en su simplicidad, como sabia es la mirada de la cabra que nos mira en la ladera de una edad remota, el ojo ínclito del buey, el iris de la sierpe.

Todo tu saber, cifrado en cábala precisa, dio a luz esa Biblia que soliviantó los pilares de la Vulgata, que la autoridad papal sostuvo en un tiempo que –como en todos los tiempos– los concilios eclesiásticos se celebraban, no tanto para preservar la revelación, como para urdir actitud y pensamiento. Así, el Concilio de Trento, para el que Humanismo y Reforma se erigieron en la córnea del demonio más astuto que había que combatir, protegiendo los caminos de la Cristiandad con armas férreas, artimañas e intrigas donde cualquier método de tortura –por inhumano que fuera– fue puesto a su disposición.
Así, la Inquisición, a la que esquivaste en este apartado retiro, lar de divinidades, lo suficientemente apartado y próximo a la urbe para salvaguardarte y no obstruir el contacto con el mundo exterior, con alumbrados de Sevilla y Llerena, de Flandes, y de otros rincones del reino de España, dilatado hasta la exasperación.

Arduo el tiempo que tuviste que vivir. Arduo el tiempo que, sin cesar, nos rige. Pero aquí, como si se descorriera un velo que disuelve los nudos del tiempo que separan a este siglo de aquél, bendita es la paz que ahora respiramos, pura y diáfana su luz como antaño lo fue, alejada, tanto de la lúgubre luminosidad de la biblioteca escurialense, como del turbio fulgor de Flandes, que en tus ojos amalgama velamenes marinos; de aquella luz de Amberes y la imprenta de Plantino, que entre católicos y protestantes el diálogo propició, iluminando con su rescoldo colaboración y estudio, que vino a desvelar el tronco común de las religiones abrahámicas que, en los arcanos de la cábala, la gnosis y el sufismo, quedaron impresos, en el conocimiento remotísimo que hundía su raíz más allá del Cantar de los Cantares o La Zarza de Horeb... y que, en la Europa del XVI, tuvo que aliar su saber con un conocimiento más pragmático, no exento de raciocinio.

Razón y revelación nuevamente enfrentadas, como siglos atrás lo estuvieron en la Córdoba de Averroes y Maimónides, reanudada la afrenta en tu siglo escindido –escindido y recrudecido en la actualidad–, la confrontación que papas y ulemas, con su apego dogmático a una visión residual de los preceptos religiosos, ocasionaron con su intransigencia.
Intransigencia del Occidente secularizado, intransigencia del Islam actual, flagrante confrontación que nos amedranta y desalienta, cuyo origen habría que buscarlo en el batir de yelmos y espadas de las Cruzadas y en la beligerancia cerril de la Reconquista. Intransigente Castilla, reinos godos de la Hispania citerior, reseca y hosca piel de toro que, de tanto en tanto, en su cruenta historia, un ameno jardín supo elevar, de cuyo seno brotaron por doquier flores variopintas, como en tiempos de Al-Haken II en la Córdoba califal, o en el reinado de Alfonso X el Sabio, a cuyo auspicio, revelación sagrada y conocimiento humano no provocaron desavenencias, y judíos, cristianos y musulmanes, en el resonante tronco de la Península Ibérica, convivieron en paz.
Lo habitual fue, no obstante, que clero y monarquía ejercieran su poder con ánimo de vasallaje y prepotencia, limpieza de sangre y otras estrecheces de miras, que provocaron que la heterodoxia se propagase como hiedra que repta por los protuberantes muros de un castillo o una abadía.
Así, la hiedra fulgurante de San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Miguel de Molinos. Así, el rescoldo de los ya citados filósofos cordobeses, la hiedra que te cubrió a ti, a Machado y María Zambrano, a Lorca o Luis Cernuda… Así, la luz desatendida de tantos y tantos a los que Iberia, en su cálido regazo, habría podido asistir, si el poder dictatorial, clerical o monárquico, hubieran sabido escuchar las aguas del manantial, que mana en la roca y el oído escruta.
Aquí donde la Madre Naturaleza nos acoge, serena la mirada y prendida en Além.
Aquí donde, desde tiempos de Argantonio, todas las divinidades confluyen y la vida transcurre gloriosa y pacífica.

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GATOS

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Son los gatos, por estas lindes, señores soberanos del lugar, esfinges que por los tejados se deslizan como falúas que el Nilo surcan, o en su lomo se dejan reposar, para que la corriente las lleve calmas –mansas almas– río abajo.

En el patio de la casa, toda una comunidad felina se hospeda debajo de un arbusto selvático, en una oscura madriguera, que ni imaginar quiero qué clase de leonera podrá ser.
Uno es negro y avispado. Dos son pintas. Hay otro más joven, color canela, con ojos fúlgidos y la osadía, que a su edad y porte les corresponde tener... Y hay también un par de crías que cada tarde asoman el morro detrás del arriate, una vez que una de las gatas, tranquila en un ángulo, se dispone a contemplarme y ronronear, como si sintiera no sé qué emoción al oír la música que a esas horas escucho.

Las crías salen de su escondrijo y se aventuran tras ella, dispuestas a hacer cabriolas entre los jaramagos y otras malas hierbas que crecieron por el empedrado del patio.
¡Qué grácil el movimiento de ese pequeño! A veces da saltitos como un ligero muñeco de trapo, que un resorte oculto hace mover o, repentinamente, gira la cabeza como si escuchara sorprendido una voz de otro mundo.
Ahora me mira, con las orejas bien abiertas, para ver si suelto alguna miga de pan o, mejor, un trocito del blando queso que estoy comiendo.
El pequeño y tierno cuerpo de un animal contiene en sí la vida más pura.
Recuerdo ahora aquel diminuto colibrí, que al porche se acercó –sosegada la casa– cuando amainó la lluvia.

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ANIMA MUNDI

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En este abigarrado crisol de naturaleza selvática no existe intimidad personal (Caeiro, confundido, sin cesar versa al respecto), aunque el rumor del bar de la aldea esté nimbado de pareceres contrapuestos, entre estas serranías u otras preferibles, sobre la nuestra, esa otra, o aquella ciudad, conversaciones veraniegas de contertulios aburridos, inevitables, incluso, en una aldea remota.
No existe en este crisol intimidad personal porque, en la avasalladora intimidad de la naturaleza, los más particulares e íntimos secretos del hombre sin remisión se extinguen, saltan hechos trizas entre las musarañas y las avispas, los escaramujos y lentiscos, las parras silvestres y el nogal, danzan entre toda esa vegetación que brota sin bridas y se entrelaza, nutrida por los regatos que serpentean, la lluvia que merodea y el sol agraz, las lluvias menifluas, que otoño e invierno trajeron consigo, dejando apenas sin agua las charcas del lugar.

La salamandra no está… ¿se habrá extinguido? La madreselva, en cambio, continúa siendo el alma mater de esta mata aborigen, que fulmina nuestras entrañas cuando el día alborea, encubre su huella al anochecer, trepando como la hiedra por las espaldas de piedra de esas casas escondidas, que ocultan por las veredas su esquivo rostro, y un portillón de madera deslucida es la puerta de acceso a su íntimo edén. Único rasgo éste de intimidad personal, con los muros que delimitan las lindes boscosas que, al poner los pies en su umbral, sucumben irremisiblemente…
¿Qué dueños podrían tener el sosiego y la paz?

Nogales y alcornoques, castaños y olivos, caballos que pacen entre la hierba y algún árbol frutal. El río y la roca, Alberto, no serán las ninfas del futuro. Ya lo fueron en tu amada Grecia, lo son todavía, mientras entorno el postigo de la ventana y el chasquido de la encina no deja de crepitar… porque, a falta de intimidad personal, el Anima Mundi va tejiendo su tapiz con hilos bien visibles al ojo translúcido.

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LUNA DE AGOSTO

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Es grato ceder, ser vencidos por esta luz y este calor estival, que enciende la sangre y despierta la libido y la hinchazón, que cual fruto de higuera leche blanca destila. A borbotones salpicar la piel, ceder y dar cauce al animal, que dentro de nosotros escucha y atención reclama con urgencia.
Abandonarse y desplazar la superficie lisa del ir y venir que el presente derogó, el pasado al olvido fue devuelto, y dilató la vorágine funesta de un futuro sin escrúpulos, reacio a la bondad.
Estar presente aquí, en esta ciudad semidesierta, donde la luz de esta tarde de agosto es un canto perezoso al nulla e la dolcezza, pues no hay nada a lo que aspirar, salvo rendirse a la turgencia de esos pezones diminutos y de esa piel ostensible, que por pecho y vientre es apacible y trama y olor en el pubis condensa.

El disfrute prolongado del placer carnal puede ser sinónimo de promiscuidad, pero no siempre es así. No es el hecho, circunstancia o lugar lo que determina y define la morbilidad de nuestras ansias ni, menos aún, la calidad moral de la libido de un ser, imprevisible además en el trance, y está bien que así sea. Es más bien la actitud que, en el acto de gozar, adoptan los cuerpos ofrecidos, lo que hace que un placer, aparentemente lascivo, pueda ser vivido con inocencia.
Los gozos de la carne no tienen porqué rendir pleitesía a los goces del espíritu. Ambos, en fin, son sagrados y no deberían proseguir la dilapidación de esa guerra que se les impuso para preservar una moral, más que cristiana, dogmática o burguesa. Son las dos caras del hermoso rostro que posee el Amor. La elevación que aportan unos es compensada por la gravedad que los otros ostentan. Cuerpo y alma, cielo y tierra, introversión y extroversión son atributos del rostro de Dios que, en el acto de amar, gozosos se reúnen y de sí toman conciencia. Acto puro e irrevocable que despliega sus facultades lejos del pensar, pues el pensamiento, al relajarse, es una nube gris que diluye su perfil por el cielo vacío.

Deberíamos sentir felicidad al constatar que el destino cifra sus raíces en clima y latitud, que norte y sur, inviernos y veranos son líneas trazadas sobre un mismo círculo, donde frío y calor, sobriedad y concupiscencia se manifiestan al par, aquí, y más al sur de este hemisferio nórdico; que no podemos evitar la presencia insoslayable que en diciembre se retira, y en estío despliega sus alas prestas a volar. Aquí las desplegó. Y no me olvido de considerar que otros muchos, en esta misma ciudad –mimada por Cupido– se abandonan a las gracias del espíritu o al discurso intelectual dan rienda suelta, pero eso es sólo la evidencia de que la objetividad real no existe, y que la realidad sagrada es la suma infinita de visiones subjetivas que los seres sienten en su peregrinación por el cosmos.
Así, afirmo que me siento incapaz de recorrer una vía ascética o perseguir un concepto que, en agosto, se condense y tome visos de realidad concreta, mínimamente veraz. Lo afirmo como una realidad que constato y transito, vencido por la vivacidad de este ardor que me asiste e inflama mis células. El acceso se alcanza aquí a través de la carnalidad. La fusión es celular, medular, consanguínea. Un proceso intelectual, en esta estación, no encuentra aquí sostén que lo afiance. El imperio sensorial ensancha sus dominios y todo es ductilidad de cuerpo o frutos que piden ser tocados, acariciados, engullidos hasta la saciedad, pues nada que no sea sentidos encuentra sentido, nada, en verdad, puede brotar de este sopor estivo, salvo el pecho ofrecido que exige una caricia y la intrepidez de besos robados a la fugacidad de un instante.

Y digo que la dicha debiera regir estos desbordamientos porque, gracias a ellos, recobramos por un instante el estado original, reitegrándonos así al seno de la naturaleza, aunque naturaleza y verdad desorienten la búsqueda, es grato, en meridionales latitudes, tocar el meridiano en que la vida se sustenta y nos mantiene vivos con su luz, vivos como animales y no como entes que sólo piensan en el trabajo y el provecho, vivificados por las estrellas y el sol que nos bendice, abocados a la luna de agosto como plantas lánguidas que, musitando en baja voz, en el hueco de un patio se desperezan, como esas palmeras que en estío ceden a la ley de la gravedad inmensa, pues la tierra es cálida, y dulce, y más tierna de lo que, a primera vista, su apariencia ocre-rojiza invita a suponer.
Supongamos un idilio lunar con el fuego cósmico, que tibieza y ardor se alíen para sobrepasar los límites que se les atribuye o les han sido impuestos. Atributos de grado, atributos de matices, todo son tributos que pagamos a expensas de una vida auténtica, atenta y desnuda a todo aquello que la eternidad nos deparó, impecable y concisa como una flor, o estrella que late feliz en la noche oscura como una promesa.

Fluir con las estaciones, saludarlas con júbilo cuando a su yugo nos ciñen y sin cesar se manifiestan. ¿No es más dulce este pasar, sin ataduras ni cargas, que quedar cautivos en las garras de yugos que encadenan?
Es eso lo que quiere el poder depredador de la persona ajena, del sujeto, emancipado de las estaciones, que surgió tras la revolución industrial, esa sociedad que alzó un muro brutal entre civilización y naturaleza, religión y moral, ocio y trabajo lucrativo, tergiversando mitos antiguos en su afán por poseer, para legitimar con ello su orgullo y prepotencia. Porque no se me escatima que esa revolución es hija del Septentrión, del hombre del Norte que, en la gelidez invernal, con copos de nieve batiendo el cristal de las ventanas, su hastío engendró, inventando una mecánica realidad, servil y voraz, que vino a usurpar el dominio de esa otra realidad que, en climas más propicios, la vida a cada instante dispensa.
Tampoco olvido que la propiciación es hija del estío, y la inspiración poética, surgidas ambas de esa apacible indolencia que los veranos ofrecen en el Sur, cuando los frutos del olivo y la encina maduran en las ramas y todo es canto inflamado, que los cuatro elementos cantan como fuera de sí, mientras, estremecido de contento, vaga el éter a sus anchas, de un orgasmo venturoso a otro más conspicuo.

Que nos sorprenda julio prestos y en sazón para madurar, una vez más, con el estío, que nos coja solidarios para acompañarlo un año más, prestos a gozar y escuchar admirados batir de alas en las cornisas, el pletórico y henchido vuelo que las aves trazan en el azur, el brío contumaz, la brisa casi marina que el río acrecienta, al abandono invita, y a sentir la dicha que sintiera Francesco al contemplar la estela que en el aire dejan los pájaros risueños, su ingenuidad, la confiada y vivaz inocencia que sienten sus alas al caer la tarde, cuando el estío decrece y el otoño está próximo.
¡Ay!, atardeceres de agosto, que el infinito parecen prolongar, tardes, algo más tibias cuando agosto declina suavemente, tardes en las que un olor de eras secas y campos marchitos invade, con su luz amarillenta, las calles de la ciudad, desierta aún, y como en éxtasis. Se diría que todo en esas tardes está abocado a la inmensidad. Sentimos una plenitud impar aletear por el alma, recorrer los ojos –que el ocaso contemplan con delectación–, con la emoción de ver cómo los fulgores de oro y nácar no parecen extinguirse y, con la sutilidad de una aguada japonesa, tintan el azul, pálido al fin, con la luna ya próxima.