Ricardo Naise - De la sombra y el anhelo - Pierre Clementi dulce bárbaro de la imprudencia
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Texto escrito para el catálogo de la exposición dedicada a Pierre Clementi en la galería Margarita Albarrán de Sevilla. diciembre 2004.

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PIERRE CLEMENTI
dulce bárbaro de la imprudencia

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Pierre Clementi fue un actor y realizador francés, nacido en París un 28 de septiembre de 1942, de padre desconocido y madre corsa.
Decir que su corta, pero intensa vida –murió en la misma ciudad a los 57 años–, estaría repleta de goces indecibles y calamidades onerosas es como no decir nada y decir mucho de él, pues nada como su vida para comprender la necesidad que ciertos seres sienten de vivirla hasta el extremo de sobrepasarla, dejando que la vida los viva hasta lindar con la muerte.
La radicalidad de su actitud vital y artística nos hizo sentir a muchos jóvenes, que a mediados de los años 70 teníamos alrededor de veinte años, algo tan especial por ese ser que, aún hoy, me pregunto a menudo si habrá sido real su paso por la tierra o habrá sido un sueño –tanta era la facultad que poseía de que en sus ojos navegara la utopía como si fuera música, o canto que en ellos cantara con suprema voz.

Ave de mirada ígnea y vuelos altos, más que con palabras, la inefable poesía encarnó en sus manos y en su rostro escuálidos, encarnó en su voz, y lo hizo sabiendo y sintiendo que las palabras no bastaban y que el silencio y la imagen las aventajaban, en aquello tan indecible que quería expresar.
Lo recordaremos por sus trabajos con Buñuel, Deville, Bertolucci, por aquéllos tan hermosos que hizo con Garrel, Cavani, Pasolini y Glauber Rocha entre otros… pero, sobre todo, algunos de nosotros no podremos olvidar aquel conde veneciano de largos cabellos negros y trémula mirada, cuya encarnación Maurizio Lucidi propició en un film que, por otra parte, no es demasiado meritorio. Pero Pierre Clementi era así, hasta un film de mérito dudoso era capaz de convertirlo en una película de culto, como, en cierto modo, con La vittima designata ocurrió.

Con Pierre Clementi y el personaje de esa película tenía una deuda que saldar, una deuda por todo lo que me hicieron sentir, y lo mucho que aprendí de ellos. Por ello quiero ofrecerles ahora, con gratitud y placer, esta exposición y el libro El Jardín de los milagros que escribí en su recuerdo.

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PIERRE CLEMENTI
dulce bárbaro de la imprudencia

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Texto editado en el catálogo Lunes Cine de la Universidad hispalense. Sevilla 2004.

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Poder ver de nuevo, en pantalla grande, algunas de las mejores películas que Pierre Clementi interpretó (como Los Caníbales de Liliana Cavani y La Cicatriz interior de Philippe Garrel) es un acontecimiento cinematográfico inusitado en nuestra ciudad, especialmente la película que Garrel filmó, pues me consta que no se proyectó en los cine-clubes universitarios, ni en el cine-club Vida, ni tampoco en el desaparecido cine Trajano que, a inicios de los 70 –años de producción de esas películas–, eran los espacios cinematográficos donde los sevillanos podíamos acudir a ver cine de autor, como así fue el caso de la proyección de Partner (Bertolucci), Porcile (Pasolini) y la ya citada de Cavani, todas ellas películas en las que Clementi fue protagonista, y que alguna, muy raramente, tuvimos la ocasión de volverla a ver, desde los años de su realización hasta la fecha, en la ciudad de Sevilla.
Así, no podemos sino felicitar a su Universidad por la posibilidad que nos brinda de acercarnos a este actor y realizador francés, nacido en París en septiembre de 1942 y fallecido en la misma ciudad en las postrimerías del 99 que, si bien para muchos jóvenes puede ser un perfecto desconocido, no debiera serlo para otros muchos que ya tenemos una cierta edad, por lo que, ahora, es conveniente recordar el papel destacado que tuvo en el mejor cine europeo realizado a fines de los sesenta y los primeros años de la década siguiente, y que, contemplándolo desde la perspectiva actual –o quizás por la falta de ella–, nos parecen tan utópicos y apasionantes.
Y es precisamente eso, la utopía, los sueños que la preceden y los riesgos a los que nos exponemos al seguir sus pistas, lo que no podemos eludir al recordar a este actor pues, para aquéllos que lo conocimos en los ya lejanos años 70, pronunciar su nombre es como rememorar de súbito el brillo de una mirada poco común, que incendió el celuloide de aquellos años con la misma intensidad que Jim Morrison incendió la música, y con el mismo fondo enigmático.

En la trayectoria cinematográfica de Pierre Clementi aquellos años fueron decisivos, decisivo el brío que la empujó, la facultad de propiciar sueños que, más que en la pantalla, iban a cumplirse en la propia vida de cada uno, pues era otra la actitud con la que acudíamos a las salas de cine. Literalmente, una película podía cambiar nuestra percepción. Unos ojos podían hacernos soñar largo tiempo, sin que la saturación de superproducciones nos bombardeara con efectos especiales y mentiras suculentas. Estaba aún lejos el imperio de la “diversión” y el regusto en el que acabó por convertirse gran parte del cine realizado en las últimas décadas.

Poco antes de morir, Clementi nos dijo: La cultura, más que una aventura humana o artística, se convirtió en un gran comercio. Sólo aludiendo a esa frase epilogal, con la que se despidió de nosotros, podemos hacernos una idea de lo que ser actor significó para él, y de que, evidentemente, conoció y participó de una manera de hacer cine, que en aquel tiempo se podía realizar y contemplar y, posteriormente, se hará más difícil su realización y, más aún, hallar cauces adecuados para distribuirlo.
No se necesitan grandes medios técnicos para que una película se colme de sentido y pueda ser evocada y vista hoy como un ejemplo a seguir. Precisamente dos de las más interesantes películas de la filmografía de Bertolucci y Cavani, por ejemplo, son Partner y Los Caníbales, ambas realizadas sin grandes alardes de tecnología y con altas dosis de sinceridad que, sin duda, la participación en ellas de Clementi ayudó a acrecentarla. No nos puede extrañar que pidiera a Fellini una suma desorbitada de dinero por interpretar su Satyricon, para tener la certeza de que no la aceptaría y, de ese modo, poder filmar Le Lit de la vierge con Garrel, un autor, como Rocha, marginal para ciertos ojos, pero muy significativos los dos del tipo de cine que se hacía y veía en aquellos años, en los que Clementi fue tan fecundo (en el 71 rodó en España Cabezas Cortadas con Glauber Rocha, nuevamente, como en Belle de Jour de Buñuel, con Francisco Rabal).
Es precisamente la fidelidad, que a lo largo de su vida mantuvo Clementi con un cine hecho por imperiosa necesidad interna, y no por causas ajenas a esa finalidad, lo que hace de Clementi, sino un actor único, al menos muy poco frecuente, involucrado en un tipo de cine que, si es marginal, lo es sólo porque de aquel tiempo a esta parte se le cerraron las puertas, y acceder a él puede convertirse en toda una aventura, lo más probable sin éxito, a pesar de internet.

Y no ha sido otra cosa sino traer a la palestra la apasionante aventura que Pierre Clementi llevó a cabo, en este mundo tan falto de ilusión, lo que motivó esta otra aventura que me hizo caminar estos últimos años tras sus pasos, buscar sus películas, su imagen fotografiada, las palabras que pronunció en las escasas entrevistas, que por revistas de cine andan dispersas.
Todo ello trajo consigo que escribiera un libro inspirado en las huellas que dejó, que dibujara y pintara su rostro, o imágenes que, desdibujadas u ocultas, yacen tras él, y que propiciara este ciclo de películas, que los organizadores de los ciclos cinematográficos de la Universidad de Sevilla acogieron favorablemente.

De las cuatro películas que veremos, Los Caníbales y La Cicatriz interior son dos de las más destacadas del cine que interpretó, antes de su encarcelamiento en Roma el verano del 71, deudoras ambas de un modo de encarar el cine en el que la palabra no es la llave maestra que nos dé acceso a la trama del guión. La imagen superó a la palabra con la presencia de este poeta de lo inefable que, con la alquimia del gesto y muda voz, dijo mucho más de lo que las palabras pueden enunciar con su significado. Para el Tiresias que interpreta en Los Caníbales, Liliana Cavani nos dice: Él es el hombre nuevo y el viejo al mismo tiempo, aquel donde palabra y acción no son algo distinto… Hemos olvidado que las palabras y los gestos están estrechamente interconectados en el hombre no alienado. Hoy estamos destruidos por las palabras. Los más grandes profetas no escribieron nada…
Y más tarde responde al ser interrogada por las características de este “hombre nuevo”: Un ser puro, aún virgen, un ser tan excepcional que es capaz de comprender.
La Cicatrice intérieure, segunda película filmada con Philippe Garrel, tras Le Lit de la vierge, ahonda aún más en ese trabajo iniciático a través del silencio, haciendo un paralelismo con la búsqueda del Santo Grial y los siete trabajos alquímicos que se deben superar para permitirnos su acceso.

L’Affiche rouge de Cassenti y La Vraie histoire de Gérard Lechômeur de Lledó son posteriores a su detención en las cárceles romanas de Rebibbia y Regina Coelli. Y citamos con insistencia este hecho crucial en su vida porque, tras él, su afán interpretativo se hará más incierto y errático, expuesto a contrastes de luces y sombras y jalonado de una extensa filmografía, de la que podemos destacar Sweet Movie de Makavejev, L’Ironie du sort de Molinaro, La Chanson de Roland de Cassenti, Le Bassin de John Wayne de João César Monteriro…, películas que, junto a las arriba citadas, auguran ya, a pesar de su fuerza expresiva, su lento declive, recuperando su impulso originario sólo en algunas de ellas y en aquellas otras que filmó como director (Visa de Censure, New Old, Soleil, À l´ombre de la canaille bleue), desgraciadamente, fuera de los circuitos comerciales.

Las podremos ver del 22 de noviembre al 20 de diciembre de este año, los lunes, en el Pabellón de Uruguay.
Bienvenidas sean y que, con ellas, se inicie la labor en nuestra ciudad, que instituciones como la Universidad, u otros organismo oficiales, debieran cumplir con el cine alternativo y de más difícil acceso.

Pierre Clementi