Ricardo Naise - De la sombra y el anhelo - Ecos del río Branco
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Escrito en Chipiona y Alájar en 1993. Algunos fragmentos fueron recitados en diversos lugares, acompañados de música de Ennio Morricone, Peter Gabriel, Wim Mertens, Sade, Philip Glass y Joakim Holbek.


ECOS DE RÍO BRANCO

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PRÓLOGO

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Fue en diciembre de 1992 que visité Brasil por primera vez. Un grupo de españoles viajamos a aquel país latinoamericano con motivo de la celebración, cerca de Río Branco, de los cien años del nacimiento de Irineu Serra, fundador del Santo Daime.
Su daime paz, daime amor, daime consolo, había tocado nuestros corazones en aquella hermosa finca, que IMP poseía no muy lejos de Mojácar, y que visitamos con frecuencia aquel ya lejano año, que a siglos y milenios se sumó, y en cuyas postrimerías emprendimos un viaje que aún permanece grabado en mi memoria con letras mayúsculas, pues no en vano fue el más desorbitado salto al vacío que, hasta ahora, la vida me deparó.
Tratar de justificar el uso de psicotrópicos asiduamente, para desencadenar la evolución espiritual de una persona, me parece arriesgado, por no decir peligroso. Siento por esas plantas maestras un profundo respeto, no exento de veneración, pues venerar la naturaleza y, sobre todo, a sus hijas predilectas –cuya ingestión hace que nos sintamos más cerca de su matriz– es algo sencillamente crucial en un tiempo en el que el diálogo con la naturaleza se hace ineludible. Condenar su uso en nombre de la ley, la moral o la ciencia es, por otro lado, como recorrer en coche la inextricable floresta y avasallar con él su corazón.

El uso ocasional de psicotrópicos creo, sin embargo, que puede ser beneficioso en muchos aspectos o, al menos, para mí lo ha sido.
La ayahuasca –antigua bebida sagrada de los sacerdotes incas– sigue siendo un brebaje habitual entre vegetalistas y chamanes de la Amazonia americana, que recurren a su uso en rituales de iniciación y con finalidades salutíferas, pero la aparición, en la primera mitad del siglo XX, de grupos que la utilizaron con una finalidad espiritual, no meramente curativa (a no ser que creamos –como me inclino a creer– que la enfermedad surge cuando el diálogo con el ser interior se interrumpe), es algo nuevo o, al menos, concede al ritual un sentido comunitario y doctrinal, mucho más complejo que el de una ceremonia de sanación.

En este ámbito podemos situar la doctrina del Santo Daime, que Irineu Serra –un enorme negro nordestino, emigrado a Acre con el desarrollo de la industria cauchera–, fundó, después de iniciarse con unos peruanos en la frontera, por entonces imprecisa, del país vecino, y bucear en los arcanos que esa bebida milenaria le deparó.
Fue con sus discípulos –sobre todo con padrinho Sebastião y su hijo Alfredo– que el Santo Daime fue conocido en las grandes urbes brasileñas y fuera del país, debido en gran parte al auge que la juventud de finales de los 60 alentó con su interés por aquellas culturas que se hallaban más cercanas a la matriz de la tierra.
Y decimos culturas, y no civilizaciones, porque parece que sólo damos el nombre de civilización a aquellos pueblos que alcanzaron un grado de desarrollo tecnológico meritorio, confundiendo así lo que es cultura, lo que es civilización, y lo que debiera ser el proceso de desarrollo de la tecnología.
Aún no nos hemos dado cuenta de que el estado que el hombre occidental mantiene con la vida y la naturaleza no es ni el más razonable, ni el más lógico. No sé si algún momento de la historia humana conocida fue menos razonable o superó en incertidumbre al momento actual. Vivimos encadenados a la inestabilidad de un presente que se tambalea y deroga el futuro. El peso de la tecnología nos hace rehenes de su mecanicidad, hace que nos convirtamos en hombres máquinas con el corazón amordazado y la mente cautiva. ¡Y pensar que los antiguos sacrificios nos parecen deudores de civilizaciones endogámicas, ritos que por fin desterramos de nuestra civilización! ¿Se puede ser más ciego al no advertir el sacrificio incesante, carente de ritos, que fomenta la destrucción absolutamente irracional de la naturaleza, para llevar esta loca vida que llevamos, tan sumisa y hostil, tan vacua y perversa? ¿Es tal la ceguera que ni por un momento advertimos el derroche que, con cruel alevosía, sobre ella ejercemos con deleznable presunción?
Serán muchos los nudos que habremos de desatar para que el ser humano nuevo sea natural en medio a la naturaleza. Serán muchas las guerras, los conflictos y pruebas a superar mientras caen, uno a uno, los ídolos sofocados por la Edad de Hierro.
Serán muchas las dudas, los pasos que daremos hacia delante y hacia atrás, e inmensa la alegría que, al despuntar el nuevo día, sentiremos en el pecho.

Insignificante es la esperanza que sentimos al final de un verano. Anémico el deseo cuando le decimos adiós, para involucrarnos en otras ansias que llamamos deseos, por llamar de algún modo a ese ímpetu díscolo, sin saber que esperanza y deseo son los resortes más hondos que nutren la existencia, y jugar al escondite con ellos puede ser desastroso y terriblemente mortal. Muerte definitiva de los resortes que, a lo largo de los siglos, concedieron al alma bendiciones eternas.
Y así, el deseo, al no hallar cauce adecuado, se vierte en el ansia de querer poseer, y abarcar con brazos y manos la luz intangible, rêveries que nos lastran y nos dejan sin fe, vacías las manos de vacío infinito… ¿Podré decir más?
Como es normal que ocurra con el paso de los años, que circunstancias adversas, antes infranqueables, con el correr del tiempo las sintamos como las inevitables circunstancias que tuvimos que vivir, aquel viaje a Brasil se produjo en el momento exacto que debía producirse. Todo confabuló para que así ocurriera. Posibilidad económica de emprender ese viaje que hasta entonces no tuve. Necesidad de sentir la espiritualidad, la relación con lo divino, más como un acto viviente que como un credo teórico, experiencia mística que, lejos ya de la especulación mental, propiciaría que, a través de un rito, el cuerpo y el alma entraran en trance.

Afirmo de nuevo que la vida confabula, nos tiende siempre puentes, que con frecuencia ignoramos mientras persistimos, a merced de la corriente, en cruzar a nado el mar.
Mi estado de ánimo era propicio. El proceso de desilusión y tabula rasa que, antes de emprender ese viaje, pretendía hacer con la estética y el mundo del arte, desencadenó que conociera los libros de René Guénon, libros que fueron algo así como un preámbulo teórico-ontológico –también intelectivo– de esa otra experiencia espiritual que ahora evoco al escribir estas líneas.
Mis incursiones en el sufismo no fueron más allá de leer los libros de ese autor converso, escuchar la música de Franco Battiato y sentir los versos de los místicos sufíes con la misma pasión que antes sentí por ciertos poetas. Baudelaire, Nerval, Hölderlin, Pasolini o Cernuda y, sobre todos ellos, el semblante y la figura de Pierre Clementi, que vino a aparecer en la pantalla de un cine, cual cifra intangible de mi anhelo de absolución, que aquellos autores con su voz propiciaron, y él dotó a su vez de rostro y gesto.
Convocar, en este momento, a esos seres ausentes es como traer a colación los vínculos que nos unen a ellos por encima del tiempo, la vida y la muerte, el gozo y el dolor. Sentirlos como amigos, que nunca más dejarán de serlo, como ocurre con amigos –ausentes o presentes– con los que mantuvimos o mantenemos aún un trato cordial… Perseverar en la amistad, sí, como una de las cosas más hermosas que la vida concede.

De prólogos se trata, sí, de preludios vitales que desvelan la senda desconocida que a todo ser convocará y, con un guiño de sus ojos, nos invita a seguirla.
Y es así que los vínculos que nos unen a seres queridos, a padres o a hermanos, a hijos o a amigos, son la constatación palpable de que no existe la soledad, que la incomunicación, en verdad, no existe, y que aquel que se retira a vivir en soledad quiere asumir, además de ese querer humano, anhelos y fulgores que se le antojan más íntimos, más cercanos a la matriz que nutre al par a la roca o al árbol, al animal y a la nube, y la soledad, en fin, no es más que la extinción del aislamiento que nos separaba del mundo (o de la madre naturaleza más bien), y no un penar sin eco o comunión posible.
Muchos han sido los años que han debido pasar para que esa soledad se abriera camino y el eco de sus pasos arrullase el oído como un manantial, agua cristalina que nos brinda consuelo y la sed, por tanto, llega a aplacar, la insaciable necesidad que antes sentimos de buscar fuera lo que sólo puede encontrarse dentro, de nosotros, sí, cuando ya ese “nosotros” disuelto se una a la memoria atemporal, y la vita nuova resurja de nuevo.

En Río Branco, ese haz de luces dispersas se hizo asequible. Tomó cuerpo de la manera más hermosa que podía adoptar. Bello de un modo como, hasta aquel momento, no se me había ofrecido, pues la naturaleza (que hasta aquel entonces salmodió en mi vida un triste canto en voz baja) se dispuso a cantar, y bailó, con paso acompasado y álgido, la danza de la vida.
En Brasil los nudos se rompieron, las cadenas se abrieron, se desataron las bridas. La naturaleza brasileña me brindó, a través de la ayahuasca, el regalo más precioso que podía concederme. Sus campos me conmovieron, las voces de sus gentes me hicieron sentir la callada música oculta en la penumbra, hombre y naturaleza, espiritualidad y sensualidad, cuerpo y alma, que al unísono cantaban la exaltación de una suprema Andalucía, que –huella del paraíso– recuerdos de la infancia hizo brotar, de arroyos y barrancos, adelfas y retamas y ranas que croaban en la noche estiva.

De esa Andalucía evocada apenas queda rastro. Partió como partieron los amigos que quisimos y que sólo el recuerdo los puede hoy convocar. Viven esos recuerdos una vida semejante a la que vive el espíritu, ya que son, en gran medida, fervor y aliento del alma implorante, añoranza de algo perdido, de aquel bendito estado que perdimos en el umbral de la pubertad, y que sólo como reminiscencia, en la edad adulta, nos es dable probarlo. Como Alencar, brasileño montaraz, que alentó, desentrañando, el triste ardor de mi tumultuosa existencia que, en la hosca oscuridad de un cuarto a solas, en la infancia se engendró, la huida al edén, el anhelo del amigo, y aquel encierro bajo llave, que sólo un padre, autoritario e irascible, con un hijo aún infante pudo perpetrar.

Irascible y paternal, mi pobre padre, hoy, como Jordi –mi padre también– ambos desaparecidos, ausentes los dos mientras deshago, uno a uno, los nudos que me ataron al poder que sobre mí ejercieron y en entredicho puse, desgranando mis conflictos con la autoridad, a la vez que me siento feliz al recordarlos porque los siento ya liberados de sus ansias infinitas. Y mi madre, aún aquí, a la que abrazo como abrazaría, en este instante, una madre a un hijo, o lo pudo hacer conmigo la sibila sanluqueña, alma gemela, que tantas palabras, oscuras y lúcidas, vertió en mi oído sagaz.
Lee, lector suspicaz, una a una, las palabras que acabo de pronunciar con atención y detenimiento pues, si es hurgar y escrutar las escabrosidades más íntimas del autor que lo escribe de lo que gustas con la lectura de un libro, en ellas he dispuesto –como un velo al trasluz– algunos de las circunstancias más decisivas que movieron y aún mueven –aunque ya sin aquel ímpetu– el solaz que me anima, su pensar y sentir, y serán la llave maestra que abrirá las puertas de este libro que escribí hace más de una década, y que aún está vivo.

Podría decir que las páginas que escribí entonces –a la vuelta de mi primer viaje a Brasil– son un anticipo de éstas otras que escribo ahora a modo de prólogo, aún sabiendo que la función de un prólogo es la de anteponer y situarnos en la pista de aquello que acontecerá más tarde.
Al igual que Los hijos del Sol, cuyo prólogo escribí a un lustro de su gestación (una vez que, tras nueve meses allí, en mi segundo viaje a tierras brasileñas, esa gestación hizo aguas), este libro debía madurar, era necesario que pasaran esos años para que las palabras actuales pudieran redimirlo, abrir las manos para acogerlo en su sentir… y viniera a ser algo así como la balsa que se ofrece a un náufrago en alta mar mientras vaga al azar nadando a la deriva.
O una estigmación, cuyas llagas se entreabrieron en una selva inextricable y, tras la exhausta oscilación de olas que no cesan, desde este atolón egeo, al que la sangre de Cristo alcanzó, con cuidado las cura.
Sea así.

Sevilla, 2005

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ECOS DE RÍO BRANCO

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La palabra no basta, la forma y el color no son suficientes, el volumen nos inquieta con su presencia inequívoca… y de la vida ¿qué podríamos decir? De ella y no de otra cosa es de lo que siempre hablamos, a ella y no a cualquier cosa a la que tratamos de asir. Con actos o palabras, con imágenes o gestos.

Ecos de Río Branco surge después de hacer un viaje a esa ciudad, capital del estado de Acre, en el noroeste brasileño. Viaje que provocó que escribiera un libro y que un hallazgo casual, a través de una cámara fotográfica, me hiciera recapacitar sobre los límites aparentes por los que discurren el espacio y el tiempo.
Se trata de la simple superposición de imágenes obtenidas con un solo carrete, utilizado una segunda vez. Sencilla superposición que entraña la salvedad de no haberlo hecho a propósito, y que, como todo hallazgo fortuito, subraya el juego virtual con el que la vida, de tarde en tarde, es capaz de sorprendernos.

En principio, la cámara captó imágenes de mi casa, a las que se sobrepusieron, en una segunda ocasión, imágenes de Brasil, como si en las paredes desnudas de las habitaciones cotidianas se estuvieran fraguando los lugares distantes, que el invierno pasado descubrí. Invierno que desembocó en verano en los mares del trópico y la floresta brasileña. Confluencias de estaciones y espacios geográficos en el interior de la mente-cuerpo, que fluyen como un río y en sus aguas nos transporta.
Contemplar las altas palmeras meciéndose en el aire sobre un azul de vértigo. Las palmeras de Salvador de Bahía o Sanlúcar, las palmeras de Río Branco o Moguer.
Prender el alma de un paraje o ciudad, asir un cuerpo, hasta hacer que confluyan el aquí y el allá en un mismo lugar, donde la realidad, ensanchando su perfil, se despliega. Capturar el raudo curso de la vida y su pulso deletéreo, la vivencias que se estampan en la mente, impresas en el cuerpo antes de expirar, antes de tomar forma sus planos superpuestos, fundidos en un solo crisol la sombra y la luz, la vigilia y el sueño, en el aquí y ahora eterno por el que el tiempo deambula.

Nada se acaba.
Todo germina.
El alfa y el omega se suceden sin tregua una y otra vez.
Cierra los ojos, vuelve el mundo del revés, para que puedas ver minúsculos mundos dilatar sus órbitas y luzca un sol desacostumbrado en su tragaluz cenital, del que sólo un poema de Derek Walcott o el vuelo de un pájaro guardan memoria.
Un poema, sí, o tal vez el vuelo de un pájaro, y quién sabe si el eco de un canto entonado, que podremos escuchar junto a las cuatro torres de Cádiz.

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Sobre el proyecto Ecos de Río Branco

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El proyecto consta de un recital poético de algunos fragmentos del libro del mismo nombre, y de un montaje –por llamarlo de alguna forma– en el que trasladaría todos los objetos que se pueden ver en las fotos de las que antes hablé (cama, mesa, silla, poltrona, tocador, etc.), al espacio de La Lechería, en Cádiz.

Ampliaciones fotográficas, reproducidas en lienzo o papel, y retocadas, posteriormente, con óleo y acrílico, y dibujos de pequeño formato, inspirados en ellas, se distribuirían por los muros de la sala, incidiendo sobre los objetos reales, con los que mantendrían un diálogo, en el que el arte y la realidad vital se interconectan.

Los objetos antes mencionados trasladarían al espacio expositivo la atmósfera de las dos estancias que, en las fotos aludidas, se pueden ver.
En el dormitorio: una cama, una alfombra, una poltrona, dos cuadros, un espejo y un tocador, y todos los pequeños objetos que se pueden ver en él (una copa de cristal con vela inserta, bote de colonia, cajita, llaves, monedas…)
En la sala de estar: una mesa y los objetos depositados en ella (una lámpara, un frutero, un candelabro de cerámica, unas servilletas, una botella de vino, un catálogo de Anjou y tres fotos, colocadas en la pared con alfileres, del palacio de Charlotembourg, de Túnez y Venecia), una silla y una cazadora colocada en su respaldo, una alfombra, dos cojines, una varita de sándalo encendida, un cenicero y un pequeño tiovivo de hojalata con pequeñas velas en su base que, al encenderlas, lo hacen girar, un sofá y, junto a él, un aparato sencillo de música que emitiría, durante la exposición, una cinta grabada con el recital realizado el día de la inauguración.

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Proyecto presentado al Ayuntamiento de Cádiz en noviembre de 1994.

Ecos de Rio Branco