Ricardo Naise - De la sombra y el anhelo - Misceláneas
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MISCELÁNEAS
(1977-2011)

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SUEÑO

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Se cierran los ojos, escudriñando zonas oscuras del alma, y aparece de repente una niebla gris, perforada aquí y allá de manchas azules y rosadas. Son instantes imprecisos, acaecidos años atrás, que evocan momentos vividos que, al no haber fenecido, permiten que irrumpa el pasado en la vida presente.
Vignole, una de las muchas islas que emergen en la Laguna Adriática, nos acoge esta mañana a Giulia y a mí, ahora que en la vigilia se agolpan los recuerdos del sueño que tuve la noche pasada.

Ráfagas de aquel día en el que bajaba con mi madre y mis hermanas una empinada cuesta, que a orillas de un arroyo nos llevaba, entre piedras moteadas y profusa hierba, verdosa y gris. Arriba, frente a las últimas casas del pueblo, el árbol del paraíso nos custodiaba y hacía que todo aquel paraje se mostrara a nuestros ojos familiar y placentero, despertando en el pecho el deseo de abarcarlo todo, de vivir múltiples instantes y estar en todo lugar. Como en el barranco, donde la vieja vestida de negro gritaba a los muchachos, arrojándoles piedras que ellos esquivaban con jocosa socarronería. O en el agua del riachuelo, que en primavera se soliviantaba, se amansaba en verano, y en invierno reflejaba, en su superficie líquida, arbustos y retamas de un color sutil. Y, también, en los sinuosos caminos que al bosque nos llevaban, a las granjas y cortijos, a las dehesas y las casas… Y, cómo no, al otro lado del arroyo cuyo caudal se acrecentó, tornando sus aguas más turbulentas y agitadas. Un barquero nos aguarda para ayudarnos a pasar, pero sólo a mis hermanas y a mi madre les está permitido el acceso. Veo a mis hermanas retozar sobre la hierba, sonriéndome incomprensiblemente, con sus largas trenzas negras y sus vestidos claros.

Finalmente, mi paso a través de las aguas me transporta a días azules, a la casa del hombre puro de sonrisa azul. Lo contemplo allá al fondo, en un espacio iluminado, precedido por un oscuro y angosto pasillo, soñando en mi almohada y vislumbrando el porvenir. Veo sus movimientos vivaces, su alegre gesto, su mirada azul…
Sigo su rastro a través de un sendero enfangado, en una isla desierta.

Vignole, febrero 1977

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SUEÑO

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En la casa roja entramos. Todo era oscuro a nuestro alrededor. Se encontraba situada en una pequeña plaza, ensombrecida por un gigantesco magnolio de flores perfumadas. ¡Por fin blancas rosas arbóreas perfumaron la estancia tibiamente! Pasamos a través de las aguas, inundada toda, con la sospecha de que, al franquearlas, algo nos sorprendería. ¡Qué maravillosa casa para poderla alquilar! Preguntamos a sus vecinos, gente seca y sombría, y nos respondieron evasivamente, diciéndonos que nada sabían de su actual propietario.

Volvimos a entrar, esta vez, con la intención de retener unas horas eternas en esa casa que nos enardecía. Sonó una voz ahogada emergiendo de las paredes húmedas y descascarilladas. La escuché con atención, y pude reconocer la voz de mi madre, que me llamaba a lo lejos insistentemente.
Al salir de la casa, los momentos, los espacios y las calles se inundaron de un eco penetrante y mágico. Nos encontramos de repente caminando bajo las bóvedas de un claustro desde el que se podía vislumbrar la torre. Sí, ya sabes, la torre..., esa torre que conoces tan bien. De la luz diáfana que iluminaba aquel ámbito no sabría con precisión decir nada. Sólo sé que vi un pórtico románico, con un escalón gris, al que pude reconocer como el pórtico del apresado. Creo que por el tono verdoso de sus muros y por el olor penetrante que desprendían sus piedras.

Deambulando lentamente por las calles desiertas, llegamos, sin proponérnoslo, al jardín esperado, ése que se halla escondido en cada ciudad, y que tras largas peregrinaciones, con los ojos anegados, no conseguimos encontrarlo. Una fuente de aguas cristalinas murmuraba quedamente, resaltando más su sonido por el silencio ingrávido que reinaba en él. El cielo, en un instante, se tornó color violeta, rosa, azulado, colmado todo él de la limpidez que ostentan los días de sol invernales. Me hacía pensar en esas ciudades medievales, de calles estrechas y empedradas, en las que, tras un proceloso recorrido, arribamos a una plaza espaciosa donde el infinito del cielo nos dispersa y los edificios se hacen de fábula, por no sé qué prodigio inusual.

Llamamos al campanello y Luisa nos recibió en kimono floreado y con los cabellos en desorden. Tras ella, los cristales empañados de una ventana a duras penas permitían vislumbrar el exterior. Fuera, llovía pausadamente.

Puebla del Río. enero 1977

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VENECIA

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Si por algo amo Venecia es por ser inaprehensible dentro de sus contornos y su mundo delimitado, por ser un enigma en el tiempo, el espacio y el sueño, por ser muchas preguntas para las que no tenemos respuestas adecuadas. Hablar de metamorfosis y disfraces es hablar de Venecia. No conozco otra ciudad donde las esencias naden en la atmósfera de forma más equívoca. Es lo único que podríamos decir con certeza de esta ciudad fantasmal. Las esencias, no obstante, son inciertas y ambiguas. Nos encontramos de repente dentro de un laberinto construido en ladrillo y piedra, macerado con agua y con sal, con el que pueden ocurrir dos cosas decisivas: no encontrar las sendas clarividentes que nos guíen, desorientados en los dédalos de su corazón, o encontrarlas y fundirnos en su sol magnífico.

En Venecia los edificios se acompasan con las proporciones del ser humano. En ella no existe esa discontinuidad entre città e natura que podemos percibir en metrópolis enormes con caos circulatorio y edificios inmunes. No sentimos ese afán de fijar y protegernos ni esa muerte prematura que las grandes urbes nos hacen sentir, apartándonos de los impulsos naturales y las bendiciones que su trato continuado conceden. Naturaleza y Arte se conjugan en una armonía latente, dejando expectantes los enigmas del agua y las intrigas de los puentes.

El agua preservó a esta ciudad y a sus islas de los monstruosos bloques de cemento que circundan los centros históricos de otras ciudades antiguas, donde el cordón umbilical que unía el campo a la urbe se rompió, propiciando de ese modo el hundimiento de su vitalidad y la axfisia creciente. Los coches no hicieron de ella un lugar donde no poder transitar. Para el que recorre a pie sus barrios más distantes, un semáforo es algo que, simplemente, no encontrará en su camino. Sin duda, su ausencia tiene mucho que ver con la paz placentera que al recorrerla nos tiende. Continúa siendo un placer inmenso alcanzar su corazón en tren, por ese brazo que la une a tierra, rodeado de agua salada y atolones desiertos, y ver cómo sus torres y cúpulas se aproximan a nuestros ojos con la misma unción de ayer, pues ella se mantiene inmune entre el agua y las nubes, aunque cada año se hunda un poco más en las aguas del Adriático. Es algo a tener en cuenta el dramático destino que rige esta ciudad, única e insustituible en el continente europeo, pues nos hace sentir lo mismo que sintieron los seres que nos precedieron al recorrer sus arterias, y tomar conciencia del trato armonioso que mantuvieron con el mar.

No sé cuando visité por primera vez Venecia. Mi cuerpo actual la pisó por primera vez en estío, durante una corta estancia. No es éste el traje que más me gusta de su ajuar. Como las máscaras de carnaval, es ficticio, un disfraz disfrazado. Por sus canales deambulan demasiados intrusos, demasiadas cámaras fotográficas. Aun así, los indicios fueron claros y decidí volver en una estación menos bulliciosa y más evanescente. La niebla podría ser mi confidente y el silencio corroboraría a hacerla más persuasiva. Los ojos de los gatos cautivarían más en las noches desiertas, brillando sus pupilas en la densa obscuridad. Aquél que ame Venecia debe ir cuando el estío se esfume, caigan pálidas las hojas y la luz se torne un eclipse nebular. Tras el estrépito viene la calma... y !qué calma!...!da vértigo! Es como sentir que la Tierra es una bola muy pequeña y dentro de nosotros gira lentamente, como el lento latir de nuestro corazón. Es como hundir un brazo en las profundidades de las aguas y otro en lo más alto del cielo y sentir cómo nuestro corazón gira y palpita confundido con su ser.

La palabra deambular cobre su sentido más exacto... passegiare senza scoppo... Atravesar dedálos, canales y puentes con paso leve. Nuestra identidad se diluye aquí o allá, dejando un trozo entre las aguas, otro a las puertas de un palacio, en el umbral iluminado de una iglesia o en un sombrío soportal. Poco a poco, los edificios nos absorben, las alcobas nos seducen y, metaforfoseados, aparecemos como un trovador errante, un libertino disoluto o una princesa encantada.

En Venecia todo se esfuma, hasta la sexualidad, con lo cual quiero decir que todo participa de su presencia candente. Podemos amar una cúpula diluida, color verde pálido, una góndola que por su lomo se desliza como ave al azar, al león que la custodia, o los reflejos rojizos de una cabellera que, al torcer una esquina, desaparece sin dejar rastro. Imantados, no sabemos si son los objetos los que se apodera de nosotros o somos nosotros los que penetramos en la realidad. Más bien cabría pensar en una mutua compenetración, en un abrazo amoroso irremediable.

!Aproximación! En Venecia todo se aproxima... hasta lo que, en otras ciudades, se aleja esfumándose.

Puebla del Río, 1977

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DEMIURGIA

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Allí donde la natuaraleza está entretejida, diáfanamente, de ciudades plenas de candidez humana

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Cuando la naturaleza es abrupta y fogosa, enigmática y poderosa, es necesario cazar, construir, protegerse. Aparece así la pura supervivencia en primer lugar, el egocentrismo humano poco más tarde, con toda su serie de mercancías elucubradas, los engaños con apariencias seductoras, los razonamientos negados con intuiciones, que no dejan, sin embargo, de ser razonamientos.
Cubierto por una manta mi mente se mantiene serena mientras los árboles son sacudidos por el viento invernal y, en el cielo, una tempestad de truenos y relámpagos se desata con violencia. El yo, la voluntad del ser humano, en estas circunstancias, se acentúan fuertemente.

El demiurgo o brujo es aquel que, al margen del orden social establecido por la civilización y el progreso, es arrastrado por los tumultos de la naturaleza. Está más allá de la bondad y la maldad. Su mente se ensombrece con la oscuridad de una nube gris, de la misma manera que se hunde, bajo un cielo luminoso, en una beatitud celeste. Lo mismo puede abrigar en él la tranquilidad más sutil, que la exaltación más desbordada, al igual que una borrascosa tormenta. Es inefable, en tanto su vida se halla al margen del código lingüístico y el comportamiento estipulado por el que se rigen hombres y mujeres.

En estados o lugares apacibles, la conciencia del yo personal se diluye, transformada en un fragmento inacabado que, con otros fragmentos inacabados, danza en un continuo abrazo que, en pos los unos de los otros, se enlazan y confunden entre sí. Pueden aparecer, en dichas circunstancias, transparencias muy lúcidas, sin la premura y el deseo frenético de alcanzar, de deducir, de protegerse. Este estado podría definirse como un dejarse vivir por la vida más viva y sería el más cercano al estado primigenio.

El arte es antinatural. Aludo al arte como mercancía, especulación, tráfico de valores. El Arte con mayúsculas sería equiparable al resorte vital que engendra al brujo. Un ser al margen de las circunstancias e intereses de la sociedad, confundido con el medio natural en una simbiosis profunda, y “sometido” a la transparencia de sus impulsos más vitales. Irrumpiría en el tejido social como un ser caótico, distorsionador de los valores preestablecidos, en los que dicha sociedad se sustenta.
¿Abstracción? ¿Absoluto? Conceptos son, términos mentales, severos y lineales, que la rigidez arrasa. Podrían ser una vía para reencontrar el sentido y borrar la mediocridad, la circunstancia, pero es una vía retorcida y complicada en exceso, por eso dudo si, verdaderamente, es una vía y no un simulacro.

Voluntad general, mito del eterno retorno, sentirse marioneta, muñeco inducido telúricamente, incluso abolir, cortar los hilos, porque a fin de cuentas incluso el no creer en el mito forma parte de esa voluntad general, que rige cada uno de nuestros actos y pensamientos.
Tal vez, desde el origen, se estableció un combate larvado entre el hombre y la naturaleza, que en nuestro tiempo se agudizó, desencadenando con su saña la afrenta final y el colapso que se acerca.
La naturaleza quiere ser interpretada, no que se la domine o venza. Mientras las naturalezas contemplativas se ejerciten, el orden natural, la velada jerarquía del cosmos permanecerá oculta entre nosotros.

Estar inmerso en un bosque animado.
Sentir indefinidamente……………………
Ya me encargaré de recorrer las ciudades en ruinas e impregnarme entre los edificios que desprenden ideas apagadas que, en épocas pasadas, enardecieron a los mortales. El espíritu guerrero se durmió. Los valores sucumbieron entre los campos de adormideras. Todo vive en pura sensación, en presentimientos añorados, en evocaciones de una vida próxima, ancestral.
Hablo de una vida sonambúlica, deslizante, fuera de normas y tradiciones. Hablo de la verdadera tradición, que no cambia con simples modas eventuales y efímeras… Y, sin embargo, hablo de lo efímero, de la fugacidad, de los momentos transcurridos intensamente, del devenir que fluye, eternamente, inaprehensible, fugaz.
Hablo de un yo redimido, multiplicado, trashumante. Hablo de la imprecisión, de lo incierto, de formar parte, ser una pequeña, diminuta sustancia de la gran incertidumbre general.
Pero ¿porqué estos choques que me desesperan, estas lacerantes barreras, esta aflicción que me desgarra? No sé el porqué de este hosco devenir, corrosivo y tenaz, que el hombre occidental se empeñó en ir fortaleciendo, de esta ciencia insana que huele a estiércol, de estos cambios frenéticos que sólo aluden al deseo de cambiar, regido, sin más, por avarientos intereses y cotas de mercado, y donde no existe otra alternativa que la competencia desleal, la revancha, el despotismo voraz, salvaje y despiadado… Y andar siempre con las antenas puestas para no perecer en un rincón cualquiera, corroídos por la necedad y el aturdimiento. ¿Dónde dejamos pues esos ojos luminosos, la antena que nos ponga en contacto con el mundo interior, con la parte más pura que llevamos dentro?

Más allá de esta vida que vivimos, he sentido una vida más sutil, más profunda y verdadera, una vida que podría parecerle al ojo ajeno más próxima a la muerte, que no a esta necia vida que nos coge y nos lleva. Porque de alguna manera los recuerdos y momentos pasados existen en mí, de algún modo yo muero para vivir en ellos…
"Y que importa que a veces intentemos no confundir en el sueño antiguas sonrisas y amores aún eternos. El corazón se adelanta al pensamiento". (1)
De esta forma, la intimidad primordial sería recuperada. El ser humano estaría inmerso en la totalidad, viviendo una realidad, simbólica y alegórica, que la naturaleza se encargaría de desvelar en su pecho, devolviendo a la vida actual la huella olvidada del paraíso.

Puebla del Río, 1977

(1) María Antonia Blesa

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A PIER PAOLO PASOLINI

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Entrelazados al tiempo en su consternado fluir

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La contemplación de esta carpeta me hace pensar en el tiempo. El tiempo, esa palabra que, al pronunciarla, el tiempo hace que huya fugitiva de los labios.
Podría hablar de sus autores, de las obras que la componen, podría hacerlo de pintura o poesía, pero algo más hondo, que creo está en la entraña misma, en el corazón de lo que nos concierne, me lleva a seguir otro camino.
En los Escritos Corsarios de Pasolini hay un artículo sobre las luciérnagas del que, en este momento, no os hablaré. Me limitaré sólo a nombrároslo. Ahora, con estas palabras, lo único que quiero hacer es un pequeño homenaje al poeta Pasolini y constatar la muerte de las luciérnagas:

hundidos en lúbricas tinieblas
moribundas luciérnagas temblaban

Hubo siempre en el arte un hecho invocador. Se podría decir que el artista-brujo, desde el momento que comienza a perfilar presencias, a trazar signos en los muros de las cuevas, está invocando. Con el tiempo (ese tiempo que nos tiene entrelazados en su consternado fluir), el demiurgo tendrá que aprender también a ahuyentar.
El ser humano sintió siempre en su interior el anhelo de fusión, de salir de sus límites, de ser árbol o animal, río o nube; sintió siempre en su corazón el ansia de comunión para escuchar el acorde donde interior y exterior confluyan. Ese anhelo de fusión (tal vez más agudizado en el artista-brujo y situado en las antípodas de la ansiedad estresante que hoy padecemos) es un sentimiento sagrado.
El artífice, por medio de la magia del color y los signos, se aproximaba, nos aproximaba (él, en el momento de la ejecución, nosotros, al contemplarlos) a ese estado de abandono, de fusión del ser con el mundo…, ese estado sagrado, en el que la herida oculta sangra.

Con el tiempo, las civilizaciones han ido evolucionando, es decir, aparecieron las leyes que las sustentaban y que, coaccionando al ser humano, en vez de favorecer la fusión, el tránsito de interior y exterior, acabaron por encerrarlo en límites estrictos, bajo los valores intransitables de orden, moral y trabajo. El brujo tendrá entonces que ir desarrollando su poder de ahuyentar, su poder de transgredir.
Hoy, en este tiempo en el que perdimos el sentido de invocar (nuestro interior está vacío, el exterior mancillado, arrasado, dominado), al artista-demiurgo sólo le queda la alternativa de ahuyentar y desear, desesperadamente, que en aquellos lugares de la Tierra donde la esencia de la vida no pereció, no terminen por sucumbir bajo el mismo yugo.
Por desgracia el artista actual, que ha dejado de ser brujo, desarraigado de su medio natural, de su función primordial, de su idiosincrasia, ni invoca ni ahuyenta. Simplemente está integrado o espera integrarse.
Cuando contemplamos desde las tinieblas de hoy nuestros orígenes, el momento actual nos sobrecoge. Aquel espíritu de cambio, de dialéctica permanente entre sujeto y objeto, que caracterizó a Occidente, perdió su razón de ser. Hoy el cambio afecta sólo a leyes de mercado, a simples modas eventuales y efímeras que, ante los ojos atónitos de hipotéticos consumidores, deben competir y comparecer.

Hablamos de que el artista debe vivir y reflejar la sociedad de su tiempo, de que no puede permanecer anclado en un pasado anacrónico. Está bien. Que empiecen a considerar al artista, desembarazado ya de su peculiaridad más genuina, un trabajador más de esta sociedad, y que disfrute y padezca de los mismos derechos y obligaciones de cualquier ciudadano. Inventemos pues otra palabra que designe al artista, la función que cumple en la sociedad actual, porque aquel hecho sagrado, el deseo imperioso de invocar, preguntándose por los enigmas que lo rodeaban, ha desaparecido. Y era éste un rasgo fundamental de su razón de ser.
Hoy nos preguntamos, no por los enigmas naturales o sobrenaturales que nos circundan, sino hasta donde puede llegar este poder implacable arrasando campos, descuartizando raíces, qué oscuros objetivos es capaz de albergar todavía en su ser. Es una angustia horrible la que nos sacude, aunque muchos intenten evadirla jugando puerilmente. Esas pinceladas sin sentido, sin impulso sincero que las guíe, ese desván saturado de trastos inútiles, en el que desembocó el arte de nuestros días, no es otra cosa sino el reflejo fiel del estrepitoso vacío y la angustia que nos habita. Es sentir el extrañamiento del sabor de las palabras, del olor de las imágenes, de ver cómo un cristal helado se interpuso entre nosotros y aquello que antaño, íntima, secretamente invocábamos.

A la espera de un final y el inicio de otra era más sonriente, donde la antorcha de la vida la puedan erguir seres más justos y transparentes, la aparición de esta carpeta, las obras que la componen, quiero verla como un paréntesis (paréntesis en el que dos pueblos se abrazan)…, algo así como cinco luciérnagas brillando en la oscuridad de la medianoche.

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Texto leído en La Carbonería de Sevilla el 2 de enero de 1984, con motivo de la presentación de la Carpeta de obra gráfica de Xavier Canals, J.M. Calleja, Fernando Baños, Jordi Vallès y Ricardo Naise.

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POSTMODERNIDAD

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La postmodernidad, vista como oposición radical a la modernidad, da risa. La hija advenediza de la modernidad no tiene el valor, la pasión ni el arrojo para enfrentarse a algo que ha surgido de un mismo ser y es sólo una prolongación exhausta de la madre caduca.
Con la subida al poder de la burguesía tras la Revolución francesa, y la ingente marcha de las masas subalternas que, en la segunda mitad del siglo XX, con la aparición de los mass-media se engendró, comienza a fraguarse el reinado de esa hija flemática que, en su ceguera, sólo se preocupa de merodear y engalanarse, haciendo relajación y encaje de bolillos.
Porque es claro que no se pueden mantener, eternamente, los valores insostenibles de producción descontrolada, despilfarro de materias primas, trabajo explotador y usura a ultranza, como no se pudieron mantener los hirsutos valores de sumisión ante una iglesia ortodoxa, esclerotizada por la intransigencia. Remitiéndonos a fin de cuentas, como nos remite, la diosa razón y las jerarquías eclesiásticas a un mismo concepto, no tendrían porqué haberse molestado tanto los racionalistas en cambiar el mundo. Al menos continuaría oliendo a incienso, y no a estos gases inmundos que, un día, ciertamente, acabarán con él.

En esta caída de valores que preconiza la postmodernidad, en ese ficticio abandono de la razón pura, se atrinchera y oculta la mentira más descarada. El culto al yo, característica propiamente occidental, nunca tuvo más adeptos que en los tiempos que corren. Se ha exacerbado tanto la afirmación del ego desde el Siglo de las Luces, imponiéndose al medio natural y a esos terceros países que, sin asumir ese ego, bajo nuestro influjo opresivo, lo padecen de la misma forma…, se ha exacerbado tanto, digo, ese yo que, del subjetivismo egocéntrico, ha surgido ese monstruo híbrido, que es el subjetivismo objetual o, lo que es lo mismo, la postmodernidad que nos asola. Así pues, nada de valores caducos, emergencia sincera de una fe nueva, abandono de la diosa Razón. El culto al yo es el contravalor más elocuente de la impúdica impostura a la que hacemos referencia. Y cuando ese culto está mancillado y auspiciado por su majestad el dinero, entonces, su cinismo no puede ser más cruel. Nunca, como ahora, ni siquiera en el esteticista pasado fin de siglo, se rodeó al ego de tanto ornato superfluo, de tanto mecanismo melifluo, para halagarlo, adormecerlo y decir al fin, vanamente, entre millones de seres que viven una ingenuidad desesperada: ¡qué guay!, !es tan divertido! Porque supongamos, por un momento, que esas voces que se alzan y a nuestras costas llegan del hemisferio Sur, perdidas en las edades remotas de una edad de fuego, supongamos, digo, que esas voces se acallasen; veríamos, repentinamente, entrar a saco y sin pudor al subjetivismo egocéntrico, que de filantropía tantas veces se reviste para ocultarse en la sombra. Al menos, hasta no hace mucho, espíritus críticos se opusieron, con su clarividencia, con su vida y sus obras, a los valores establecidos por la élite política y mercantil.

Los postmodernos, esos náufragos de la modernidad, no se hacen portadores de aquello que, verdaderamente, iba al centro de las cosas, a la última cuestión que nos subyuga. Un Nietzsche, un Artaud, un Pasolini son demasiado trágicos, demasiado poco divertidos. Comprados por el poder, como si ellos mismos fuesen los objetos sofisticados que producen y gestionan, es ese mismo poder el que se encarga de fomentar el culto de esas superficialidades, en una juventud obnubilada que sólo se preocupa de diseño y diversión, de modas y atavíos.
Desgraciadamente, ese poder, de cara al ser humano, se vuelve invencible, custodiado como está por toda esa maquinaria de alta tecnología, prensa, poderes fácticos, sumisión…, tácticas que hacen imposible, por el momento, la aparición de mentes lúcidas que lo pongan al descubierto, desenmascarando los mecanismos de sus avarientas y ocultas intenciones. Con el consumo descontrolado, son tantas las necesidades superfluas que se crearon, que no hay lugar para otra cosa que no sea producir y consumir. Así, el arte actual –y su cultivado oscurantismo– se convirtió sin más en lo que hoy es: compra venta de artículos de lujo, que el mercado y la élite cultural impusieron al medio corrosivo y tenaz que nos asola.
De este modo, al artista-brujo, atado de pies y manos, sin esperanza alguna en su corazón, sólo le queda esperar, pacientemente, y decir con Pasolini:

“En cuanto al futuro, escuche:
sus hijos fascistas
navegarán
hacia los mundos de la Nueva Prehistoria.
Yo voy a quedarme allí
como ese que
a la orilla del mar
en que empieza otra vez la vida.
Solo o casi, en la vieja orilla
entre ruinas de antiguas civilizaciones,
Rávena
Ostia o Bombay –es todo lo mismo–
con Dioses desconchados, problemas viejos
–como el de la lucha de clases–
que
se disuelven…
Como un partisano
muerto antes de mayo del 45
empezaré poco a poco a descomponerme
en la luz lacerante de ese mar,
poeta y ciudadano sumido en el olvido.”.

Barcelona, 1985

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POESÍA EXPERIMENTAL

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La poesía experimental podría ser un arma de defensa en el mundo fragmentado y alienante que vivimos pero, con sólo pronunciar ese nombre pseudo-científico, queda de un golpe desprovista de ese valor.
Desde el Renacimiento y, muy especialmente, desde el Siglo de las Luces, el hombre europeo creyó que el paraíso se encontraba en algún rincón oculto del incierto futuro. Sólo miró al pasado (casi exclusivamente a Grecia y a Roma) para acercarnos una Antigüedad clásica de cartón piedra o un Oriente exótico y de pacotilla, alejados, una y otro, de la verdad histórica que los nutrió.
El culto al individualismo se encuentra en la actualidad en su fase más degradante y, a pesar de querer revestir al arte de valores absolutos (en una civilización que naufraga a la deriva, al artista se le cubre con un manto pontificial), el arte no está exento –como podría parecer con el trajín de la supuesta seguridad inversora en subastas suculentas– de la misma degradación. Es más, el hecho al que acabamos de aludir, la acrecienta.
El artista, ese sumo pontífice, movido por los hilos invisibles de secuaces de la especulación, no es el puente que nos lleva de aquí a allá, de un mundo a otro mundo. Traza puentes tan a ras de tierra que es imposible elevarse, emigrar más allá, subrayar el acá, o franquear diques u obstáculos.
De personalismo en personalismo, de vanguardia en transvanguardia, hemos llegado al agonizante paraíso actual, cuyo cuerpo, a pesar del hierro que lo nutre, con toda probabilidad, como un castillo de arena, se derrumbará de un día a otro.
En este paraíso de cristal y acero, a falta de demiurgos, el diseñador industrial es el rey y el poeta experimental su cara oculta, aquel que, con útiles o mecanismos mentales contemporáneos, intenta insuflar un hálito poético a la realidad tan poco poética que percibimos. No deja de ser un fragmento más, que defiende su campo de acción en el reino de la beligerancia avasalladora, desvinculado, como todo movimiento artístico contemporáneo, de un valor cualitativo y primigenio que, por supuesto, no se halla en ningún pasado ni futuro predecible, sino fuera del tiempo, en el estado primordial. Y, claro, allí sería vacuo dar preponderancia a la imagen sobre la palabra, o anteponer el factor visual al meramente discursivo.
El deber hoy, como siempre, de un verdadero poeta es tratar de acercarnos, con palabras e imágenes, con sus actos y sus obras, al estado originario al que aludimos y darnos de beber el agua cristalina que su mano desveló. Tal como un místico lo podría hacer, despreocupado éste, no obstante, de la belleza hiriente que el poeta anhela.
Gira el mundo en su edad de hierro y, nosotros en él, damos vueltas y revueltas, desorientados y perdidos en las periferias expansivas que no paran de multiplicarse, sin recordar, ni siquiera un momento, el centro único del que toda poesía dimanó y, como la misma vida, nace, crece y fructifica.

Barcelona, 1985

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NADA

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Nada que decir.
Arrastrando la carga pesada que es el monótono sucederse de los días, siempre iguales a sí mismos, idénticos en su estéril devenir, sin más ofrecimiento que un hastío irrevocable ya instalado aquí en el pecho.
Treinta años ya, treinta primaveras que pasaron velozmente sin que la vida se ofreciera en toda su entereza.
Florece mayo y comienza el estupor: brota la amarga simiente que latía escondida.
Florece mayo… y agotas tus fuerzas para nada, para seguir sintiéndote siempre, una vez más, hoy como ayer, con las manos vacías.

Vida que a mi lado pasas ligera sin arrebatarme en tu corriente…
¿No tienes nada que ofrecer a esta carne inerte, a este cuerpo que se ausenta para estrechar mejor tu errancia fugitiva?
¿Dónde escondes tus frutos deliciosos, las espléndidas estancias donde poder reposar?
¿Hasta cuando los amargos frutos, avara, serán mi único alimento?
Sediento cómo estoy de abrazarte, de estrecharte fuertemente contra mi pecho…

Yo, que recuerdo el universo nonato como una espera anhelante, vine al mundo a contemplar cuánto tiene la vida de vértigo y fascinación, y sólo veo a mi alrededor mezquinas supervivencias y oscuros fanatismos de progresos precarios.

Barcelona, 1985

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MÚSICA

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Una vieja música me persigue, como un perfume que emana sus encantos.
¿Su nombre?
El recuerdo tácito de aquel tiempo primigenio, donde las palabras y la música brotaban de una misma, necesaria voluntad, y los objetos en torno, errantes como sombras fugitivas, sorprendidos ante la llamarada que los designa, al nombre, el tono fervoroso que los rubrica sin aprisionarlos, el ritmo palpitante que los prolonga en el incierto azar. Nominados e innominados a un tiempo, la luz, esa música prodigiosa y visible, los ilumina un instante –nota álgida, gozo primordial– para cubrirlos más tarde de sombras. Retornan una vez más al mundo subterráneo e informe, se diluyen de nuevo en aquella ubicuidad ancestral.
Entre esa alternancia vive la música, y objetos y sujetos son los instrumentos esenciales. Resonancias de ecos que se funden: abrazo fortuito, acorde fugaz.
Resonancias de frondas que se agitan: canto estremecido de las hojas, coros de pájaros volátiles, roncos gemidos brotando de la obscuridad.

Otro tiempo rige hoy nuestros destinos.
Rota la unidad primera, poco quedó de aquellos balbuceos prodigiosos, casi nada de aquella música visual.
Como un perfume que emana sus encantos, una vieja música me persigue.
Rastros visibles de aquellos encuentros, pentagramas insomnes, restos de aquel naufragio….
¿Lo recuerdas?
Sí, lo recuerdo. Son los vestigios hallados de aquellos cantos, los signos remotos de aquel naufragio auroral.

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Texto escrito para la Carpeta de obra gráfica Música, presentada en las galerías Matisse de Barcelona y Fausto Velázquez de Sevilla. 1986.

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BARCELONA

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Era el cielo en la tarde declinante un dosel de desgarradas nubes en la ciudad condal, bajo el que se alzaban febriles, inmensas comitivas, que fecundaban de estremecimientos súbitos las inmediaciones del puerto y se adentraban por el mar, por las calles, pasajes y plazas aledañas.
Entrada la noche, del seno de ese mar, que Colón, en la columna erguido, con su índice indicaba, brotaba a su vez, transportada por la brisa portuaria, un ansia inexplicable que perturbaba los cuerpos, haciéndoles desear algo tan profundo que, apenas en un segundo, otros cuerpos fugaces podrían ofrecer a su paso.
Era un instante fugaz, la dicha momentánea que bajo el verde lujuriante de las Ramblas sus bridas desataba… Un exuberante y fugaz desbordamiento era el único ofrecimiento que a esas ansias enormes se les podría otorgar.

Solo o con él, sintiendo en las vísceras el fragor de esas ansias, el populoso gentío, acrisolado en múltiples razas que, ocioso o clandestino, merodeaba mediada la Rambla y por la Plaza Real, en la húmeda lubricidad sórdidamente esparcida por los alrededores, las callejas infectas, la insalubridad de ese lúgubre caserío que los rayos del sol apenas llegan a rozar, y por todo ese escenario multicolor que cualquier ciudad portuaria que se precie, en cualquier mar, debe ostentar, con la particularidad de que en esta ciudad mediterránea se espesa por un lado y, a la vez, se sutiliza.
Se vierte sutilmente en las severas y dulces huellas del románico y el gótico –mucho más vigoroso–, que es sin duda el rasgo más íntimo y genuino de su personalidad, y en las plazas y fachadas de sus palacios dieciochescos, como el de la Aduana y la Virreina, bellos en su potestad, o las Casas de Xifré, con sus hermosos bajorrelieves en terracota urdidos.

Lo hace, también, en la proverbial y magnífica agudeza de arquitectos, pintores y escultores, que vivieron y realizaron sus obras en las primeras décadas del siglo XX, vacua a veces o recargada, como el barroco suele ser, sorpresiva y delicada otras, como el barroco lo ha sido, pero dando a la fisonomía de esta ciudad un sello inconfundible, a un tiempo abierto y cerrado, como los oriundos de estas tierras acostumbran a ser. Porque si hacia las laderas de Collserola su temple se afina y a la vez se enclaustra, se espesa en cambio, abriéndose, a orillas del mar, en esta ciudad que, hasta tiempos muy recientes, al mar le dio la espalda, con su pudiente e industriosa clase empresarial, su indigencia tenaz, sus audaces artistas. Porque es Barcelona, con sus élites exclusivistas, una ciudad de aluvión, hecha de continuas oleadas inmigratorias en el último siglo, que a la sombra opulenta de su ingente burguesía no cesaron de ampararse.

Lo hicieron con oleadas de xarnegos llegados mediado el siglo que partió; de otras latitudes venidas en las tristes y confusas postrimerías del siglo, encontrando todos ellos acomodo en el sórdido Raval o el Poble Sec, o en el abigarrado cinturón industrial que rodea a la urbe. Todo ello, del mismo modo que otras ciudades industrializadas dispusieron, a su vez, en el trazado hiriente y veloz de su caótico urbanismo. Todo tal y como el poder dominante con sus súbditos hace, hizo y hará siempre.

En el Eixample, no obstante, ese caos decrece con su trazado rectilíneo, la homogeneidad de sus casas bien alzadas, en el aburrido y un tanto triste discurrir de su vida social. Una ciudad, en la ciudad misma, como Trastevere lo es en Roma, o Saint-Germain-des-Près en la urbe parisina.
El Eixample: una isla arborescente con casas modernitas en la opulenta Barcelona del siglo que partió.
En ese barrio viví con él. En un pequeño apartamento desde el que se podían divisar las torres de la Sagrada Familia. El estor de la sala tamizaba la luz solar. Los plátanos en las aceras casi alcanzaban las ventanas. Unos años dedicados a la belleza, al hastío y el ofrecimiento. Años saturados de angustia y placer, amor fraternal, canto y desdichas. Sí, un día tendré que hablar con propiedad del insensato y dulce acontecer de aquellos días vividos, de la ternura de su afán, de la avidez y sus manías.

Y ahora aquí, en el café habitual, contemplando los rostros perdidos en su cotidiana indiferencia. Sobre espejos opacos, las figuras biseladas de damas legendarias flotan livianas en su fraternal misterio, y allá, al otro lado, entre el gentío que pasa veloz o se demora en la corriente, los postigos entornados del templo de la música.
Recuerdo cómo contemplábamos, sentados a una mesa, el brillo fulgurante de sus arañas de cristal, su luz vaga y lejanísima.

Barcelona 1987, Sevilla 2006

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SAN FRANCISCO

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Dejaba una ciudad a orillas del Pacífico, cuando aún no se había desvelado, adormecida entre las luces rutilantes de las altas torres, que como corazas infranqueables desafiaban la voracidad insidiosa del mar, las entrañas resquebrajadas de la tierra, y a los pies de esa fortaleza de acero, se derramaba por las colinas una arquitectura de fábula construida en madera, en cuyas estancias interiores se agotaba el último sueño o se apuraba la última copa de hastío o placer, antes de reflejarse en los cristales los nimbos rosados de la aurora, al borde de despuntar el día tras las colinas de Oakland.

Una vez más se debatía en mi vientre el vuelco lento e inexorable del día mientras la noche se alejaba por el lívido horizonte que comenzaba a aparecer, destilando el amargor de su cuerpo agonizante en el cráter profundo de mi boca. Y, como siempre, no alcanzaba a comprender porqué en mi vientre se disputaba esa contienda, que era el reflejo insoslayable de ese otro campo de batalla, que en el transcurso de los días y las noches se hacía más cruento. Porque el corazón seguía dividido entre la tierra y el cielo, subiendo y bajando por esas calles encantadoras, flanqueadas de flores, donde retozaba tranquilo bajo la luz solar, mientras el río discurría por la pendiente caudalosa para acabar su vida en el Pacífico.

A estas horas, los prados verdes del Golden Gate Park estarán cubiertos de rocío, se abrirán a los rayos del sol como los claros de un bosque, sobre los que se inclinarán las ramas entumecidas de los árboles, aún vencidos por las sombras... Y el mar cercano, la playa desierta, sorprendidas las huellas matutinas de amores furtivos por la arena dispersas.

Avanzábamos por la autopista a una velocidad vertiginosa, similar a la velocidad por la que desfilaban en mi mente las imágenes del día anterior: el amanecer en el puerto, el canto de las gaviotas, y aquellos extraños nadadores que hundían sus brazos poderosos en las aguas frías de enero.
Aquella luz exultante me hacía pensar en la vida de los cometas que, extasiados en sus órbitas, comienzan su periplo con grave y lenta majestad, para acabar sus vidas en una danza espasmódica, que tras sí va dejando el rastro instantáneo de un resplandor evanescente.

Estaba en el extremo occidental, allí donde, precisamente, se pone el sol, ante aquellos árboles fulgurantes, saturados de luz milenaria que, naciendo en Oriente, viene a morir en la espléndida orilla de estas costas.
Imaginé cómo se alzarían los puentes a mis espaldas, tal fantasmas surgidos de la noche postrera. Las cumbres metálicas del Goldon Gate Bridge, enrojecidas con los primeros rayos del sol, empapadas aún de niebla, mientras lentamente se tiñen de púrpura las aguas del Pacífico.
En San Francisco pude constatar, en el fugaz devenir de un instante retenido, el estigma de las ciudades cuyo rostro encubre un destino singular, un destino que inexorablemente vendrá a hundir su puñal en el costado oferente de su hermoso cuerpo, por la espuma anegado, consumido por el fuego.
Cuerpo desangrado, belleza vencida, con los ojos extasiados mirando a Oriente.

Barcelona enero 1989

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BERLÍN

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Os voy conociendo, rubios hombres del Norte, en vuestra inquebrantable introversión. Comprendo el cálculo distante con el que mesuráis el gesto, el lacerante desgarramiento de vuestras almas cautivas. Aquí, sobre esta ciudad escindida, pasan las nubes como en un decorado de ficción, ensombreciendo repentinamente el espacio, tornando aún más oscuras las aguas del Spree, los negros lagos de Tiergarten, mientras Siegessäule emerge en su dorado esplendor, de los bosques tupidos, con las alas entreabiertas.
Más allá de esas dramáticas nubes, que a su paso repentino sobrecogen el corazón, una suprema luz, alta y nutricia, expande sus magníficos rayos desde su trono austral, y los crepúsculos con su luz se hacen inacabables, ahora que el solsticio de verano, sin tardanza o dilación, marcha triunfante hacia su cenit.

Esta luz, desde el origen del mundo, os ha sido propicia. Como un don la recibís, nítida y pura, en copas de cristal. En ella aplacáis la sed y alimentáis vuestras almas, antes de que, evaporada su blancura, sus ondas fluyan en densos ríos de oro hacia los mares del Sur. De ella se nutre la blanca piel, los rubios cabellos, el azul inquietante de vuestros ojos transparentes. Las regiones pantanosas y los bosques intrincados son el cotidiano alimento de vuestro tumultuoso corazón. Las cumbres nevadas y su hiriente brisa el filo helado son de la helada razón que os posee.
Ninguna conmoción. Hieráticos marcháis por las brumosas landas, con la cabeza erguida, el gesto displicente, aquí donde el sentimiento más sutil, la música y el pensamiento más elevados ofrecieron los frutos más osados que el alma humana pudo abrigar, deambulando por estas planicies boscosas con las que Hölderlin y Nietzsche no pudieron mantener un trato fraterno, desatando en cambio en su lugar la locura aciaga. Abundan por estas lindes espíritus esclarecidos, que a menudo sucumben a la enajenación, y mentes preclaras que ponen bridas al sentir, y al pensamiento estructurado otorgan alas expansivas.
Cuánta introversión, bendita naturaleza, cuánta arrogancia y desafío cuando tú, en el gélido Septentrión, o en el cálido y dichoso Mediodía, aderezas con tu influjo las gozosas viandas que nos hacen vivir. Allí, prodigando el dorado aceite del olivo agraz. Aquí, destilando, con la escasa luz del sol, en el tronco de los arces el elixir más excelso y escondido.

El sol, no obstante, no deja de latir en las largas jornadas que en estío se yerguen. Las nubes lo pueden ocultar, pero su luz se filtra, como en las linternas de las cúpulas que acogen en sus vidrieras la luz cenital, o como la luz que, en Cielo sobre Berlín, Wim Wenders supo captar en el objetivo de su cámara, la luz filtrada a través de las nubes como por un ligero tul, que torna sombra y luz más evanescentes. Y así, en estas latitudes, los ángeles ansían revivir de nuevo, en su incorpóreo cuerpo, el latido de la sangre. Desean –con el inquebrantable anhelo de los ángeles– emigrar al Sur, volar como aves migratorias hacia climas más propicios. Desean transmutarse, escanciar la luz, abordar en una nave, sentir en ellos lo que aquí no son, pues ni siquiera en el reino celestial redimen los ángeles el hastío de sus días, las horas eternas que pasan sin pasar, cual iceberg que congela el huidizo fluir del agua cautiva.
Siempre, aquí o allá, el mismo anhelo y las mismas ansias de fusión, de abarcar con la mirada mundos, el uno del otro muy distantes.
Desnudos en la tierra, desnudos en el aire, desnudos por siempre estaremos en el fuego eterno y en las aguas insondables. Purificados en la adversidad, redimidos en las recaídas, que un día tras otro perpetramos. Puros, porque es puro el anhelo de vivir, perseverar, luchar y doblegarse, recurrir al orgullo, a la bondad, dulce y sencillísima que tanto bien nos hace.
Como aspirar y espirar, razón de ser profunda de la respiración del cosmos, en cuyos pulmones el éter se dilata desde la vida terrena al orbe celestial, del norte al sur, de dentro a fuera, del viejo severo al grácil infante…

Llueve sobre Berlín.
Cae la lluvia sobre los tejados, por las aceras, como por las hundidas mejillas de un rostro inconsolable.
Llueve con una tristeza, que el verano, con su luz, no puede ocultar.
Lo hace a veces como la garoa brasileña o la débil lluvia que, en Portugal, desciende dulcemente.
Lo hace sin pausa aparente y sin conmiseración real. Así, sin más, mojando las esculturas idílicas que en las fuentes de Alexanderplatz se alzan, las aceras de Unter den Linden, los bosques de Grunewald, y la bella explanada donde el palacio de Charlottembourg se yergue y canta, y donde Nefertiti contempla con ojos rasgados la desolada playa que Friedrich pintó, la escultura ecuestre que en el centro de la plaza cabalga, la verja forjada, la simetría espacial.

Sobrevuelan ahora los ojos de la efigie las cornisas y tejados de la imponente fábrica. Sobrevuelan mis ojos el verde suntuoso de la cúpula central, y en los jardines de palacio nuestros pies se posan.
Vagan entre pedestales y esculturas, estanques y pretiles, protuberantes parterres de setos en flor. Vagan por las sendas como la legendaria dama del Nilo, que por sus aguas se desliza en una oscura falúa, como el rey destituido que abandonó el exilio y retornó al hogar.
Lo hacen como por los jardines de Versalles, donde el alma desvelada de pronto enmudece, y no desea otra cosa en el mundo sino claudicar, morir sepultada por las hojas amarillas que el otoño enrojece, la exedra marmórea, el pabellón real…, el frágil pabellón que, en estos jardines de Charlottembourg, me anima a pensar que lo más delicado en la vida puede ser, también, lo más hermoso: las diminutas manos de un recién nacido, una aguada japonesa, los ojos enternecidos de un pequeño animal, la delicada belleza que Watteau, pintando sus ropajes de seda, aspiró tiernamente, tan sumamente poética en L’enseigne de Gersaint, que aquí en Berlín, en una sala de este hermoso palacio, remonta los siglos.

Berlin, 1991

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Con los fastos de la noche regresas
a tu aposento, nimbado de dolor,
en el que un pájaro heráldico te observa
pensativo con mirada de cobre,
las alas entreabiertas.
Ejerciendo su dominio con suprema potestad,
invade el espacio fulgurante,
proyecta su sombra,
en la nuca,
en las sienes,
presas de un extraño temblor,
tensas y vibrantes.

Un suspiro, un lamento…
¡Ah! ¡La cruz!
¡La cruz y su arcano misterio!
El remoto recuerdo del claustro
y los ritos en la iglesia con velas encendidas,
la pasión de las imágenes,
el olor penetrante de la cera,
el olvido de Úrsula y su amor imposible.
¿Pero qué es este campo de batalla en el que
se enarbolan banderas de no se sabe qué reino,
ondeando al aire,
azotadas por el viento?

Un bastión almenado
custodiado por árboles de eterno verdor
y su presencia emblemática, impenetrable,
pero dúctil a la caricia del viento,
a la luz que dora la desnudez de sus piedras,
ayer santas,
hoy desconsagradas,
en el prado por el que avanzan
los bloques de cemento como monstruos
reptantes: San Jorge y el dragón.

Y verás una vez más al levantarte
cómo emergen con la luz del día las naves
de las fábricas abandonadas junto al mar,
tapias derruidas,
techos desventrados,
los ángeles del campo santo elevándose
ingrávidos hacia el pálido cielo,
las periferias, enormes como mundos,
donde cada una de las mil y una habitaciones
se desvela, vencida por la aurora
y aún perdura entre las sábanas
el calor nocturno de los cuerpos,
su perfume acre, somnoliento.

Radiante surge el nuevo día.
El tren que te lleva con el sol a tu destino
ya cercano.
Verás desde la ventana las olas agitarse
como seres que nacen de los piélagos del mar,
y vienen a morir en la arena turbia de las costas,
en los acantilados,
a los pies de las playas desiertas…
Y soñarás bajo los párpados cerrados
cuerpos de mármol, piedra o metal,
cual figuras petrificadas, talladas en la roca
de pórfido o basalto.
Inmóviles contornos robados a la danza perenne
del mar… a la espuma de las olas.

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A Josepmaria Teixidó, escultor.
Barcelona, octubre 1988.

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BREVE DIVAGACIÓN SOBRE EL FLAMENCO

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En un arte como el flamenco, con rasgos tan marcados de primitivismo… ¿dónde se halla la naturalidad? Con toda certeza la hubo, pero en estos tiempos trepidantes, que avanzan a contracorriente de cualquier atavismo local, hacia la total disolución de las raíces de los pueblos, parece que a estos tiempos les brotaron alas que les permiten volar, alzar el vuelo en pos del punto alfa o hacia los albores latentes de la quinta dimensión futura.
Y así, no es extraño que, en esa maraña intrincada entre el orden y el desconcierto que en los últimos siglos el Norte urdió, broten nacionalismos a ultranza y proliferen los primitivismos de cualquier índole, surgiendo de ese quebradizo orden que se resquebraja en su afán por asir, agarrándose desesperados a los restos de una nave con el mástil aún erguido, sintiendo cómo pasa leve el aire sobre sus cabezas, agarrados a ese mástil como un niño se agarra a las faldas de su madre cuando aprende a andar.
De este modo, los seres y los pueblos se aferran a su historia en la posthistoria actual y, en el acto de aferrarse, pierden la naturalidad y la inocencia, aquello que, en su origen, fue desnuda y pura melodía de contrarios, lo masculino y femenino, el macho y la hembra, frente a frente, en un baile por bulerías... La confrontación de los contrarios creó esa imagen fantástica, no ajena a lo animal, a la pasión desmesurada y al orgullo desmedido.

En el punto alfa, no obstante, los contrarios se diluyen, se trascienden y fusionan en una misma realidad. El hombre deja de ser puro macho y la mujer pura feminidad, de modo que seres y naciones andan perdidos buscando a tientas por las alcobas algo que estreche el vínculo con sus ancestros: un vestido, un collar, una sortija para engarzar en los dedos como un amuleto. El hombre se dulcifica. La mujer se endurece internamente y adopta sólo el semblante de la feminidad. Esa mujer que en la imagen del espejo, una y otra vez, se consuma diariamente.
A eso quedó reducido el arte flamenco: a la consumación de Narciso, sumido en los emporios advenedizos de la imagen irreal. Y si, por azar, la pureza de una voz se alzara entre bastidores, la desnudez de su canto sólo nos haría sentir más intensamente, la zozobra de su trágico sino y el desierto implacable en que se yergue. No sabríamos encontrar dentro de nosotros armas que protejan tanto dolor, tanto desarraigo y dulzura. Todo, en los tiempos que vivimos, confabula hacia la unidad, a preñar nuestras conciencias con el recuerdo del Uno. Todo, aun si, paradójicamente, asistimos a la apoteosis de la diversidad; ese acento en lo diverso es el efecto de ese imán que nos empuja a trascender los contrarios, reconciliar cuerpo y alma, materia y espíritu, sobrepasar la tríada, razón-pasión-instinto para propiciar una nueva facultad que, en la quinta dimensión, se abrirá paso irremediablemente.

Ante ese advenimiento me pregunto… ¿de qué manera podría estar relacionado el ciclo vital de un ser humano, de la infancia a la vejez, con los ciclos evolutivos o involutivos de la historia humana?
Miles de puntos de energía trasmiten sus ondas vibratorias por el universo, a través de un eje cuyo punto central se nos escapa, al igual que la motivación y finalidad que los mueve.
De la emoción pura a la lógica más rigurosa, de los instintos más primitivos a la más evolucionada intuición, todas esas ondas escampan su influjo y de nosotros depende el abrirnos ésta o aquélla.
Sí, no crean que es tan distinto su mecanismo del mando a distancia con el que cambiamos los canales de un televisor.

Una vez que el último resto de infancia, de visión mítica del mundo, desaparezca del planeta, los excesos de la técnica y la razón adulta, los excesos de la emotividad y de la barbarie desaparecerán también con él. Ante el ser humano desnudo, ebrio ya de nuevas hazañas épicas, aparecerá un nuevo espacio virgen, lejano y misterioso como las estrellas, y no sé porqué extraño influjo, el aborigen o todo aquél que guarde dentro de sí altas dosis de pureza y niñez se me antojan los campos de los que brotarán las nuevas gestas interestelares, que insuflarán un nuevo soplo de vida al destino de la Tierra.

Puebla del Río, 1995

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EL ANDALUZ Y LA RELIGIÓN

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El hinduismo llama maya al mundo exterior, a la realidad ilusoria que contemplan los órganos sensoriales. El cristianismo, más vehemente y atormentado, lo llama pecado o tentación.
Una mística castellana dijo de Sevilla estar henchida de tentaciones, sintió al diablo asolar las esquinas y las angostas callejas de toda la ciudad. En verdad, pocas ciudades españolas halagan tanto los sentidos y se revisten en primavera con tocados más seductores. El olor de la tierra y sus flores, el clima, la hermosura de sus calles y gentes, envueltas, de repente, en un encanto especial…, todo en ella invita a disfrutar largamente, yendo de acá para allá como un pagano que colma de incienso y flores los altares de sus templos, mientras venera a cristos y vírgenes, transidos de dolor y llagas, es verdad, pero, también, de sensualidad evidente.

Dad a un andaluz un dios al que venerar bajo una forma no antropomórfica. Se perdería en los vastos dominios de la divinidad, a la que necesita revestir de humano aspecto. Sublimado como el alma helena hizo, pero humano en fin.
La huella tan profunda que los árabes dejaron en Andalucía, fecundando aspectos múltiples de la vida y el quehacer del andaluz, no alcanzó su alma en la manera de venerar a sus dioses, y ese vacío nimbado de luz, que el mihrad, en su orientación ctónica a la Meca, acoge, sólo es para él una incógnita sin más, carente de significación precisa.
En realidad, ese culto a la imagen es una tónica general de una inmensa parte de las civilizaciones, de las que toda Europa no está exenta, aunque en la actualidad sólo en sus países meridionales se mantiene vigente su, ya un tanto manido, vigor ancestral. La Europa laica adora otros ídolos más pragmáticos y utilitarios. En gran medida, desapareció de su suelo toda huella de sacralidad. Fue otro el cometido que la sedujo.

Como en los trópicos, en las tierras del Sur hispano, se alza ante nosotros en primavera la perfecta formación del mundo físico, la perfección del mundo externo y la realidad sensorial, con sus rasgos más encantadores.
Digo trópicos…, más pletórica aún de fisicidad, sabiendo que, aquí, la primavera es fugaz y el estío irrumpirá en ella con sus soles abrasadores.
Ni el islam ni el cristianismo pudieron abolir esa exaltación de la belleza terrena. Ambos sucumbieron ante la perfecta seducción del mundo físico, ante el imperio de los sentidos y su panteísmo visceral.
No hay humano que se substraiga a un clima, ni forma humana de esquivar su poder. Esa emancipación, que del clima y las estaciones el hombre contemporáneo se vanagloria de ejercer, es, simple y llanamente, una profanación, una mendaz impostura, un delirio insostenible al que, afortunadamente, pocos años de vida se le pueden ya augurar mientras, a galope tendido, cabalgamos frenéticos a lomos del Tigre.

Puebla del Río 1995

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LUIZ CUNHA

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La infancia que recoge en sus fotos Luiz Cunha nos es familiar a los españoles que vivimos la nuestra, a finales de los años 50, en zonas rurales. Aquel reino, el tiempo voraz se lo tragó, pero la luz del sol se empeña aún en reflejarlo al otro lado del Atlántico.
Levemente, cual una caricia, aquella inocencia y aquel vivir, un tanto salvaje, entre la cal y el barro, entre las frondas y las lluvias torrenciales, que intacto resurge de la mano de Luiz, recreándolo en el hábitat de su Nordeste brasileiro, interiores de Alagoas y Sergipe donde la vida es aún epopeya, saltos en las cascadas, baños en las cachoeiras, cantos épicos que aún perduran en la mirada y el juego infantil, testimonio en blanco y negro, sombra y luz, de un mundo en trance de extinción, como lo estuvo el nuestro, hoy fenecido.

Tal vez por ello, esta muestra fotográfica tiene un valor muy especial, pues nos invita a contemplar, con el corazón en las manos, una realidad viva y no evocada, que palpita aún en la cotidianidad rural y la naturaleza de un Brasil que, con su color y su lengua, su dulzura y seu jeito, nos hace sentir nostalgia por aquella infancia nuestra que perdimos.

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Texto escrito con motivo de la exposición fotográfica Otra infancia de Luiz Cunha, presentada en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos. Sevilla 2000.

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A MARÍA ANTONIA BLESA

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Podría haber sido de otro modo, otras las circunstancias en las que partiste, pero de nada sirven las lamentaciones ante el destino propio. Mejor no juzgar si ha sido o es favorable con nosotros. Considerémoslo simplemente destino, único e insustituible en cada cual y, por tanto, el que más se adecua a las directrices de un hado cuya procedencia desconocemos.
Que su cumplimiento surja dentro o fuera, que germine en nuestro interior, o venga del otro lado de las nubes procedente del Olimpo, poco importa. El hado que nos guía, como un ángel custodio –después de tantas encrucijadas, goces y dolores efímeros–, deberemos considerarlo benévolo.

Ni un ápice del dolor sufrido podríamos sustraer sin menoscabar la intensidad y belleza que desparramaste sobre folios en blanco y conversaciones, sobre cada uno de nosotros, en los que aún perdura el eco de tu voz, las oscuras y nítidas palabras que al oído susurrabas como si de un oráculo se tratase, adquiriendo en tus labios el sabor de la Antigüedad. No sé si un tiempo mejor o peor que el actual –¿qué alivio o utilidad podríamos encontrar sublimando el pasado?– pero, desde luego, más acorde con lo que te mantuvo erguida. Poesía y pensamiento, mito e imaginación son palabras que a poca cosa nos remiten en estos tiempos que, tras tu partida, no han hecho sino acrecentar su irrisorio y absurdo sin sentido.

Cada primavera vuelven los vencejos a visitar los cielos de Sevilla. Vuelan y chillan tal vez más atolondrados y locos que antaño, porque ya no los escuchamos ni los vemos sobrevolar las nubes y, si lo hacemos, es como si se agolpara en el oído una música de fondo sin traducción posible. La labor de ganarnos, perder la vida, y los deseos insensatos nos volvieron sordos y ciegos a las modulaciones que trazan en el cielo los mensajeros celestes.

Da rabia sentirte roca sacrificada en primera fila, que socavó el mar para mudar tu rostro, hacerlo más dulce y receptivo –¡cuánto dolor contiene la dulzura!–, más cercano a sus efluvios, sus mareas bajas y su pleamar. Rabia de ver ese pelotón, ciego y sordo que, en recompensa a su trabajo, se afana en procrear mientras se divierte los sábados, domingos y días festivos. Sentir estas bajadas de las que entramos y salimos, porque el camino no es de rosas, aunque lo parezca, sin saber bajo qué sombra descansaremos, ni en qué cima clavar una señal, con la intuición siempre alerta, trastocando las claves para digerir el absurdo, los días que huyen, los lugares y las cosas.
En tu canto una llama que nos da consuelo, calor en la poesía, y fervor para vivir mientras nadamos a contracorriente.

Texto editado en la antología Poemas de María Antonia Blesa. Sevilla 2000.

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PALOMARES DEL RÍO

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Creo que no nos equivocaríamos al afirmar, que la pintura ha sabido esquivar con sabia ironía los tiempos que corren pues, no en vano, parece seguir extrañamente viva, al margen de lo que podríamos llamar los circuitos habituales por los que discurren las artes plásticas de nuestro tiempo.
Pintar, lo que se dice pintar, entre los artistas actuales, pasó a ser una reminiscencia del pasado, algo en lo que algunos creen todavía y, pertrechados de escudo y lanza en mano, se aventuran como D. Quijotes por los áridos páramos de la contemporaneidad, donde recurrir al pincel, a la tela o al óleo, es un anacronismo poco efectivo y escasamente elocuente, según se cree, para dar cuenta del trepidante y caótico mundo actual.
La tecnología, desarrollada con desmesura evidente en las últimas décadas, arrasó, como no podía ser menos, el mundo del arte, poniendo al alcance del artista un amplio elenco de medios técnicos y expresivos, con los que no contó hasta el día de hoy.
Pero no nos engañemos. Tener a disposición un sin fin de medios técnicos y expresivos no quiere decir que nuestra época, respecto al pasado, sea más rica y fecunda en obras de arte. Es muy común que, en épocas de súbito progreso tecnológico, se confunda el medio con la finalidad y, si tuviéramos la capacidad –cosa que sería deseable– de poder contemplar con perspectiva histórica el devenir de nuestro tiempo, podríamos constatar que nuestra época es una de esas épocas a las que acabo de aludir, y que lo es, no con más o menos virulencia, sino en grado extremo.
No puedo evitar recordar al respecto lo que Ramón Gaya nos dice en su espléndido libro El sentimiento de la pintura.
“…La creación como pudimos ver es siempre una obediencia. El creador no viene a imponernos nada, puesto que no se mueve dentro de un mundo social e histórico –que es donde suceden todos los trajines, los acontecimientos, los reinados, las revoluciones–, como en cambio se mueve, remueve y trabaja el artista artístico; el creador se somete, cede, porque es naturaleza. Se somete de buen grado a la realidad y a esa herida que la realidad le regala como un don”.

Y, a continuación, nos revela un secreto como ningún otro pintor supo revelárnoslo a través de la palabra:
“… me parecía entrever que los Cuatro Elementos Naturales son, acaso, las puertas vivas, comunicantes, por donde la realidad se abre paso hacia nosotros. Quizá la realidad de la naturaleza sea una e indivisible y, desde luego, inabarcable; el hombre, por tanto, no puede entrar en una relación completa con esa gran extensión viva, de vida, sino aceptar ser herido, tocado, iniciado por uno solo de los cuatro elementos de lo real.
Ese hombre al que después vamos a llamar pintor, recibe de las cosas y de los seres algo así como una visita apremiante, exigente; la realidad se le planta delante con descaro, pero al mismo tiempo le habla en secreto con una voz especialísima.
El sentimiento de la pintura es eso: una especie de jugosidad encerrada, contenida en la carne de la realidad; es como una sustancia interior, invisible, pero que a los ojos del pintor verdadero, nato, parece manifestarse, ofrecerse. Se diría que el pintor puede ver, por un milagroso acto de transparencia, esa Agua escondida como un tuétano…”

Y concluye.
“Me daba cuenta de que Tiziano, cuando pinta un terciopelo, no sólo percibe unos pliegues, unos relieves, unos colores, unas sombras, unas luces, o una sensación táctil, de material bien caracterizado, sino que hunde su pincel hasta tocar, diríamos, un agua de fondo.
En el sentimiento propio del escultor me pareció ver el mismo pasmo ante el alma entrevista de la realidad, pero comprendía que, para el escultor, ese alma era, decididamente, otra, no ya húmeda, tiernamente húmeda, sino autoritaria, firme, de Tierra maternal y ciega.
Más allá veía al poeta, embriagado por el vívido soplo del Aire, no de un aire delgado, sino lleno, lleno de una metafísica balbuceada, entrecortada.
Más lejos aún adivinaremos al músico, pero… ¿qué quiere este hombre?, o mejor, ¿qué escucha?, porque lo que quiere ya lo sabemos, nos lo ha dicho: quiere unas “matemáticas del alma”. Pero, ¿de dónde brota su sentimiento, de qué materiales se alimenta su sentimiento?
Sólo me faltaba, pues, poder aceptar que la música dependiera del más fantasmal de los cuatro elementos; sí, fantasmal, ya que el Fuego, aunque visible, no acaba de ser una presencia absoluta y, sobre todo, no logra… permanecer”.

Y así, si de los cuatro elementos naturales siente o deduce Gaya que deben brotar las artes de la pintura, la escultura, la poesía y la música, podríamos vislumbrar con él, que el creador o creadora, para serlo, sólo deben inclinar humildemente la cabeza... y vaciarse, propiciar el vacío y descorrer los mil y un velos que, con su quehacer incesante, el ser humano sobreañadió, traspasar la endurecida costra que, siglo tras siglo, la civilización fue sobreponiendo, y sobrevolar los medios, las estructuras y circunstancias de su época, para tratar de ofrecernos, en el hueco de sus manos, alguna gota manada de la fuente primordial. Porque ser creador –es decir, el que crea criaturas vivas y no simulacros– es un ser que, por encima de todo, siente la llamada del origen, alguien que anhela –en el desierto inconmensurable que no cesa de avanzar– remontarse a las fuentes, al esquivo manantial que, paulatinamente, con los siglos y milenios fue oscureciéndose, y que, claro está, no podríamos hallarlo entre los lances consuetudinarios del devenir social, aquéllos que enarbolan las democracias o las monarquías, las repúblicas o las tiranías, las oligarquías o las revoluciones de los pueblos, sino más allá, mucho más allá del espacio y el tiempo históricos..., lo que no quiere decir que no podamos ver en las obras maestras, que la vida, y no el arte, nos ha legado, el ropaje apropiado que las circunscribe a una determinada época o un determinado lugar. Pero ello sólo es el preludio de una lectura más honda, que en las obras de los creadores –que no en las de los artistas artísticos para hablar en términos gayanos– nos conducirá siempre más allá, traspasando la armazón obcecada del arte, para alcanzar las fuentes fluidas de la vida.

No olvido que para introducirnos en el quehacer de un taller de pintura de un municipio del Aljarafe sevillano, comenzar a hablar en estos términos, un tanto metafísicos, puede parecer incongruente, por no decir pretencioso.
Las vidas desenraizadas que, desafortunadamente, nos ha tocado vivir, nos hacen juzgarlo todo desde perspectivas en exceso pragmáticas, sin principio alguno que las rija, a no ser el vivirlas día a día sin ton ni son, sin el tono ni el ritmo que nos reintegre a la sublime armonía de las estrellas, o nos acompase, al menos, con el ritmo del planeta en el que posamos los pies.
Podría parecer incongruente, pero, aunque parezca lo contrario, todo se imbrica y, a la postre, cada cual habrá de desenredar el ovillo de Ariadna que se le asignó, deberá al menos tratar de encontrarle la punta, que es como decir remontarse al origen del que toda vida dimanó.

El origen de Palomares del Río, como otros pueblos de la comarca donde se ubica, se sustentó en la agricultura. Encaramado en la escueta cima de un otero, al que sería excesivo llamar colina o montaña, se halla a mitad de camino entre las últimas estribaciones de la comarca del Aljarafe y la Vega del Guadalquivir. Como tantos pueblos andaluces, Palomares y otros pueblos aljarafeños se volcaron de antiguo en el cultivo del olivo y la viña. Viñas y olivos: cultivos seculares que, siglo tras siglo, nutrieron con sus frutos al pueblo meridional.
La silla en el umbral de una puerta, las tertulias de los viejos en las cantinas del lugar, los abrevaderos donde el ganado aplacaba cada día sus fauces sedientas, una alberca o acequia para regar los huertos en la estación estival … y, cada año, celebrar con baile y cante la festividad de la patrona de la villa mientras, en primavera, se adentran sus hijos por el romeral, hasta alcanzar el santuario de la Madre de todas estas latitudes.
Sí, muchas cosas han cambiado para bien y para mal, pero sería un error lamentable dejar a un lado, definitivamente, esa manera de sentir y percibir la vida.

No sé si alguien habló alguna vez del polo masculino o femenino que rige una tierra, un país, una geografía. Hay lugares que acogen como madres, y otros que, sin más, imponen como el padre un patrón a seguir, unas reglas de comportamiento, unos códigos de conducta. Hay tierras antiguas que nos remiten a la Madre Tierra y se renuevan, de continuo, con la cíclica irrupción del eje matriarcal. Andalucía, sin duda, es una de ellas, y si la alta dosis de masculinidad del mundo contemporáneo, fraguado en la Europa más desarraigada –porque el hombre, con sus humanismos, se erigió en dueño y señor–, no caló profundamente en ella, si ese guardar distancia respecto al humus de la tierra no la sedujo, tal vez no sería descabellado afirmar que la polaridad femenina de Andalucía podría haber sido una de las causas más destacables para que fuera así.
¿Idealización? ¿Cabe más idealismo acaso que la sinrazón, revestida de raciocinio, que forjó el hombre moderno con su idea de progreso ilimitado? En las últimas décadas tuvo nuestra tierra un veloz y, en muchos aspectos, caótico desarrollismo. De ser pobres nos volvimos casi ricos, de emigrar a otras tierras nos convertimos en receptores de inmigración; donde antes existían huertos de naranjos y olivos, hoy se yergue el cemento. Sí, nos subimos al carro del progreso cuando ya la idea y las secuelas del progreso se hallaban en franca recesión. Porque la Madre Tierra, aunque no lo previesen las mentes varoniles que fraguaron el progreso, tiene sus límites, tiene un límite el aire que respiramos, la tierra que pisamos, las aguas de los ríos y el mar. Progresar sin un desarrollo equitativo y respetuoso con el entorno no es posible, y la función que cumplen los talleres municipales en tantos pueblos y ciudades de Andalucía puede ser, es de hecho una herramienta eficaz para contrapesar el desarrollo tan caótico al que hemos hecho referencia.

Y, no por azar, es de nuevo el alma femenina la que nutre, en gran medida, la labor que se lleva a cabo desde el ámbito de los talleres municipales. El hecho de no aplicar en estos talleres una enseñanza reglada ahonda aún más las claves de esta labor. La persecución de títulos sin poner en la balanza la ilusión de un aprendizaje distendido, vital, y no meramente académico, es una baza que juega a favor nuestro. Porque, por desgracia, hemos olvidado que todo en la vida se conjuga con aliento amoroso, y no por el mero interés de alcanzar una titulación.
Claro que un taller municipal, dedicado a las artes plásticas, no es fácil que sea un centro que aglutine a creadores y artistas. El tiempo que se le dedica (tres o cuatro horas semanales para cada grupo) no contribuye para que sea así, teniendo en cuenta que un alto porcentaje del alumnado sólo tiene la posibilidad de practicar la pintura en el transcurso de esas horas semanales. Pero, volviendo al tema al que antes aludíamos, tal vez, la mujer de a pie esté más cerca de la búsqueda y el sentir del creador, que la de tantos artistas reconocidos, tan alejados a veces del sentir de la vida común y henchidos a menudo de egos tan desmedidos.

Por otro lado, si no es la finalidad de un taller municipal de pintura, tal como hoy existen, fomentar la búsqueda de creadores y artistas, de ser un espacio donde se creen obras de arte (cosa que, por otro lado, de vez en cuando puede ocurrir), sí que es un espacio vital donde se crea arte con la vida, con la convivencia, con el intercambio de nuestros mundos interiores, que anhelan interlocutores, como contrapunto al aislamiento al que nos someten las estructuras sociales del actual devenir.
Esta función que cumplen los talleres municipales, evidentemente, no es útil en un sentido económico, en prestigio personal, en tantas y tantas cosas que sustentan la vida profesional, económica y social del ser contemporáneo. ¡Pero son tantas las cosas importantes para el crecimiento interior de la persona que no tienen una finalidad meramente productiva, vinculada a cualquier utilidad económica o mercantil!
Esas cosas no se pueden olvidar. Son las que, gozosos y esperanzados, nos mantienen en pie. Son, ni más ni menos, que la sal y el alma de la vida.

Sevilla, primavera 2008

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SUFISMO

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Es algo frecuente entre círculos espirituales, en este aciago y confuso tiempo en que vivimos, recurrir o nombrar la tradición primordial como una posible vía de conocimiento metafísico, una vez que el pensamiento occidental arrasó, con sus indagaciones y especulaciones filosóficas, toda metafísica. Es frecuente y recurrente pero, no por ello, deja de ser un nuevo factor que incrementa la confusión y la arbitrariedad, cada vez más compleja, de nuestros días. Porque, en cualquier lugar del planeta que posemos la vista, una oscura nube se cierne, además, sobre dicha tradición. Y no es suficiente el constatar o verificar que este tiempo oscuro –llamémoslo Edad de Hierro o Kali-Yuga– fuese previsto o profetizado por ella desde tiempos inmemoriales, ni que la tradición primordial haya sido una en esencia desde sus orígenes y, adoptando formas externas diversas –de acuerdo a las distintas razas y latitudes–, estas formas externas, con el paso del tiempo, hayan ido oscureciéndola.
Unidad y heterogeneidad siguen siendo, antes y ahora, el único campo de batalla donde el ser humano se debate, la frontera fraticida entre Caín y Abel, entre la globalización imperante y el interminable rosario de nacionalismos que la secundan.
China, India, el mundo árabe están tan escindidos, formal e internamente, como lo está Occidente. En cualquier lugar de la Tierra parece no quedar rastro de dicha tradición, lo que no quiere decir que la tradición primordial no existiera, ni que todos esos grupos espirituales que la invocan de un siglo a esta parte no estén en lo cierto, pero es patente que, los que no pecan de ingenuos, siguen el cauce de un férreo dogmatismo, como es el caso de Julius Évola y, en ciertos aspectos, de René Guénon.
Por suerte, el panorama se despeja con otras personalidades mucho más lúcidas. María Zambrano, Simone Weill, Louis Massignon… se nos acercan, sin demasiados ambages, con una luz más prístina, que fue irradiándose al ritmo y mesura de sus benefactores, pues que ninguna doctrina los sedujo, a no ser que llamemos doctrina a los dulces estragos que provoca el Amor.

Tal vez sea María Zambrano la pensadora española contemporánea que, partiendo de la filosofía griega, más se adentra en el sufismo, y no sólo por considerar, como ella misma nos dice, al gran islamista Louis Massignon como uno más de sus maestros. Muy joven, a través de su primo hermano Miguel Pizarro –el gran amor de su vida–, conoce no sólo a Lorca y el pensamiento de Niestzsche, sino, también, algunos sufíes y santones andaluces, por lo que su interés por ciertos “iluminados y “heterodoxos” se manifiesta ya en su primera juventud.
Si a ello añadimos su enamorada pasión por Miguel de Molinos, San Juan de la Cruz y el Dante, en cuya mística se adentró con apasionadas y lúcidas palabras, tenemos ya ante nosotros el camino despejado para afirmar, sin riesgo a equivocarnos, que el sufismo, la mística musulmana fue para ella una vía de conocimiento de suma importancia. Vía de conocimiento en la que el amor podría considerarse el “imperativo categórico” de su pensamiento poético y su particular manera de filosofar. Y es claro que no queremos decir con ello que el amor sea uno más de los muchos conceptos a los que nos tiene acostumbrados la filosofía. El amor es, por encima de todo, un vehículo de transformación, el único, se podría decir, que no se aviene a ser reducido, como es notorio en el pensamiento racionalista, a concepto emancipado de la vida, ya que no nos remite únicamente a las funciones ejercidas por el cerebro, sino al latido y el ritmo del corazón.
Dice el Dante: “¡Oh, mujeres, que tenéis inteligencia de amor!”, y con esa frase parece anunciar ya el alborear de un pensamiento “femenino” que, paulatinamente, ha ido abriéndose paso a través del tiempo.
La “razón poética”, a la que de continuo recurre nuestra pensadora en sus últimos libros, conecta íntimamente con la actitud que mantuvieron muchos místicos cristianos y musulmanes. “No es que no sea razón –nos dice–, pero es una razón mucho más ancha que se adentra en las entrañas como una gota de aceite, una razón que no es ninguna renuncia al logos, sino al contrario, una crítica a una razón a medias, reducionista y escindida de la vida”.
Por todo ello podríamos decir, con Moreno Sanz, que el pensamiento de María Zambrano “es una indagación filosófica y espiritual acerca del alma perdida en Occidente”.
Esa búsqueda o conquista del Alma-Eurídice hace que se adentre en la vía órfico-pitagórica, en “la noche oscura del alma” y “la llama de amor viva”de San Juan de la Cruz y, por extensión, en los estados de contracción y expansión que experimentan los sufíes musulmanes.
En el primer estado, el místico se siente desfallecer por la lejanía del Amado, convertida su ausencia en doloroso trance y anhelante inquietud.
El estado de expansión, sin embargo, da paso al rapto, al arrobamiento y la visión, y al gozo inefable de estar “cara a cara” ante el Amado, hasta producirse con su presencia la extinción del yo.

Ha sido el arabista español Miguel Asín Palacios el que, tal vez, más profundizó en la conexión de la mística cristiana y el islam. Su último libro Sadilîes y alumbrados, con el que culmina todos sus estudios previos en materia de espiritualidad arábigo-española, trata de la preeminencia y el influjo de los maestros espirituales sadilîes, no sólo sobre los alumbrados, sino en los mayores místicos castellanos, como Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Igualmente en un libro anterior, La escatología musulmana en la Divina Comedia de Dante, afirma cómo el poeta florentino debió conocer la obra de Ibn Arabi, donde en uno de sus libros, casi un siglo antes, el místico murciano hace un viaje similar al realizado por Dante y Virgilio. También René Guénon, en su Esoterismo de Dante, profundiza en el tema.

Con todo, no creo sea demasiado relevante hablar de un “antes” o un “después”, sin invalidar, claro, como ha sido costumbre occidental, todo el conocimiento, en múltiples campos, que aportó a la humanidad la civilización árabe.
Dante, Rumi, San Juan o Ibn Arabi, recorrieron cada cual su camino, excelso además, y es eso lo que nos han legado, para gozo y bien de nuestros corazones.
Dejemos a los historiadores sus áridas investigaciones, sus pareceres y trifulcas. Lo que ahora nos interesa, más bien, es adentrarnos en el fulgor poético y en los métodos espirituales de los maestros sufíes, por lo que echaremos mano pues de algunos poemas de Rumi e Ibn Arabi, recitados por Grian y musicados por Paniagua, y de una selección de textos escritos por René Guénon –experto en la materia–, para tratar de conocer ciertas claves del sufismo, aunque sea sólo aproximativamente.

Nos dice Guénon:

“De todas las doctrinas tradicionales, es la doctrina islámica donde quizá esté marcada más claramente la distinción entre dos partes complementarias una y otra, que se puede designar como exoterismo y esoterismo. Son, según la terminología árabe la shariyah o “gran camino”, común a todos, y la haqîqah o verdad interior.
La shariyah comprende todo lo que designaríamos como propiamente “religioso” y, especialmente, toda la parte social y legislativa que en el Islam se integra en la religión, mientras que la haqîqah es conocimiento puro. Pero se debe entender bien que es este conocimiento el que da a la shariyah misma su sentido más excelso y profundo, de modo que es verdaderamente su principio, como lo es el centro de la circunferencia.
Podríamos decir que el esoterismo comprende no sólo la haqîqah sino también los medios destinados para llegar a ella, y al conjunto de esos medios se le llama tarîqah, “vía” o “sendero”, que conduce de la shariyah a la haqîqah.
Si partimos de la imagen simbólica de la circunferencia la tarîqah estaría representada por el radio que va de ésta al centro. Así, a cada punto de la circunferencia corresponde un radio y todos los radios, que son una multitud indefinida, acaban a su vez en el centro. Las diferencias iniciales, con la individualidad misma del yo, se borran cuando se alcanzan los estados superiores del ser y cuando los atributos de la criatura, que propiamente no son más que limitaciones, desaparecen (el-fanâ o la extinción) para no dejar subsistir más que los de Allah.

El esoterismo, considerado así como comprendiendo a la vez tarîqah y haqîqah, en cuanto medios y fin, es designado en árabe por el término taçawwuf, que se podría traducir como “iniciación”. El término sufismo utilizado en Occidente para designar especialmente el esoterismo islámico podríamos considerarlo como una denominación un tanto convencional, pues hay que señalar, en principio, que nadie puede llamarse nunca sufí, a no ser por pura ignorancia, pues demuestra con ello que no lo es realmente, al ser esta cualidad, necesariamente, “un secreto” entre el verdadero sufí y Allah. Puede llamarse únicamente mutaçawwuf, término que se aplica a quien quiera que haya entrado en la “vía” iniciática, sea cual sea el grado alcanzado. El sufí es sólo aquel que alcanzó el grado supremo.
Se ha pretendido dar orígenes muy diversos a la palabra sufí, pero aquí, dado el carácter de la lengua árabe, el sentido primero y fundamental debe ser dado por los números; y, de hecho, lo que hay de particularmente notable, es que por la suma de los valores numéricos de los que está formada, la palabra sufí tiene el mismo número que El-Hekmah el-ilahiyah, es decir, “la Sabiduría divina”. El sufí verdadero es pues el que posee esta Sabiduría o, en otros términos, “el que conoce a Dios”.
De todo ello podríamos sacar algunas conclusiones y, ante todo, la de que el sufismo no es algo sobreañadido a la doctrina islámica, algo que habría venido a agregarse a ella después y desde fuera, sino que es, por el contrario, una parte esencial de ella.
La suposición de un origen extranjero es contradicha formalmente por el hecho de que los medios de expresión propios del esoterismo islámico están estrechamente ligados con la constitución misma de la lengua árabe; y si hay similitudes con las doctrinas del mismo orden que existen en otros lugares, se explica completamente de un modo natural pues, al ser la verdad una, todas las doctrinas tradicionales son necesariamente idénticas en su esencia, sea cual sea la diversidad de las formas con las que se revistan. El sufismo es árabe como el propio Corán, en el que tiene sus principios directos; pero además es preciso, para encontrarlos, que el Corán se comprenda e interprete según la haqîqah que constituye su sentido profundo y no, simplemente, por los ulemas o doctores de la shariyah, cuya competencia sólo se extiende al dominio exotérico. En efecto, se trata aquí de dos dominios netamente diferentes y por eso nunca debe haber entre ellos ni contradicción ni conflicto real.

La corteza y el núcleo es el título de uno de los numerosos tratados de Ibn-Arabi. Expresa de una forma simbólica las relaciones del exoterismo y el esoterismo, comparados respectivamente con la envoltura de una fruta y su parte interior, pulpa o almendra.
La multiplicidad es para la mayoría de nosotros el obstáculo que nos detiene y retiene. Las apariencias diversas y cambiantes nos impiden ver la verdadera realidad, si puede decirse, como la envoltura del fruto impide ver su interior.
De lo que se trata, sea con la designación que sea, es siempre del “exterior” y del “interior”, de lo aparente y lo escondido, representados por la circunferencia y su centro, punto único hacia el que el iniciado tiende con el anhelo de alcanzar la simplicidad esencial del estado primordial.
La doctrina de la Unidad, es decir, la afirmación de que el Principio de toda existencia es esencialmente Uno, es un punto fundamental, común a todas las tradiciones. En efecto, cuando se trata de la Unidad, toda diversidad se borra y es sólo cuando se desciende hacia la multiplicidad cuando las diferentes formas aparecen, siendo entonces múltiples los propios medios de expresión, como aquello con lo que se relacionan, y susceptibles de variar indefinidamente para adaptarse a las circunstancias de tiempos y lugares. Pero la doctrina de la Unidad es única, está en todas partes pero, al principio, no tenía si quiera la necesidad de ser formulada expresamente para aparecer como la más evidente de todas las verdades, pues los hombres estaban entonces demasiado cerca del Principio para ignorarla o perderla de vista.
Ahora, por el contrario, puede decirse que la mayoría de ellos, ligados por completo a la multiplicidad y habiendo perdido el conocimiento intuitivo de las verdades de orden superior, sólo alcanzan con dificultad la comprensión de la Unidad, y es por eso que se hace poco a poco necesario, a lo largo de la historia de la humanidad terrestre, formular esta afirmación de la Unidad muchas veces y cada vez de un modo más claro.

Esta tendencia o apego a la multiplicidad de lo manifestado se ve acentuada, además, a medida que se avanza en el desarrollo de un ciclo cósmico, porque este mismo desarrollo es un descenso hacia la multiplicidad en detrimento de la oscuridad espiritual que le acompaña inevitablemente.
Si consideramos el estado actual de las cosas vemos que esa afirmación de la Unidad está de algún modo más velada en ciertas doctrinas o formas tradicionales, y que incluso constituyen a veces su lado esotérico, mientras que en otras aparece ante todos de tal modo que se llega a no ver más que ella, aunque haya seguramente, aquí también, otras muchas cosas, pero que sólo son secundarias con respecto a ésta. Este último caso es el del Islam, incluso exotérico.

Por otro parte, hay que observar, considerando siempre las cosas en su estado presente, que los pueblos occidentales y más especialmente los pueblos nórdicos son los que parecen experimentar más dificultades para comprender la doctrina de la Unidad, tal vez por cuestión de temperamento pero, también, por cuestión de clima, uno estando, por lo demás, en función del otro. En efecto, en los países del Norte, en los que la luz solar es débil y a menudo velada, todas las cosas aparecen a la vista con un valor idéntico, si puede decirse, y de un modo que afirma pura y simplemente su existencia individual, sin dejar entrever nada que se cierna más allá de ella. Así, en la apariencia ordinaria misma no se ve nada verdaderamente más que la multiplicidad. Es completamente distinto en los países en los que el sol, por su irradiación intensa, absorbe, por decirlo así, todas las cosas en sí mismo, haciéndolas desaparecer ante él como la multiplicidad desaparece ante la presencia del Uno. No porque dejen de existir según su modo propio, sino porque esta existencia no es nada respecto al Principio. Así, la Unidad (Et-Tawhîd) se vuelve de algún modo sensible; este brillo solar es la imagen de la fulguración, del ojo de Shiva que reduce a cenizas toda manifestación. El sol se impone aquí como símbolo por excelencia del Principio Uno, El que sólo Se basta a Sí mismo en su absoluta plenitud y de quien dependen completamente la existencia y la subsistencia de todas las cosas que, fuera de Él, no serían nada.

El “monoteísmo”, si se puede emplear esta palabra para traducir Et-Tawhîd, aunque restrinja un poco su significado haciendo pensar casi inevitablemente en un punto de vista exclusivamente religioso, el “monoteísmo”, decimos, tiene pues un carácter esencialmente “solar”.
En ningún lugar es más sensible que en el desierto donde la diversidad de las cosas está reducida a su mínimo y donde, al mismo tiempo, los espejismos revelan todo lo que tiene de ilusorio el mundo manifestado. Allí, la irradiación solar produce las cosas y las destruye, las transforma y las reabsorbe después de haberlas manifestado.
No podría encontrarse una imagen más verdadera de la Unidad desplegándose exteriormente en la multiplicidad sin dejar de ser ella misma. Es la luz intensa de los países de Oriente, basta con ver para comprender estas cosas, para captar de inmediato su verdad profunda; y, sobre todo, parece imposible no comprenderlas así en el desierto donde el sol traza los Nombres divinos con letras de fuego en el cielo”.

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Texto escrito para la Asociación El legado andalusí (Casa de las Columnas), con motivo de una conferencia sobre Sufismo. Sevilla 2008.

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A MARÍA ZAMBRANO

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María Zambrano se interesó en profundidad, como no podía ser menos, por el arte de la pintura, ese arte que, al contrario de la poesía y la música, que se arraigan en el tiempo, es ante todo un arte espacial. Y aunque el “oído”, en su razón poética, es el guía crucial en los claros boscosos de su laberinto, no desatendió, en su afán integrador, el sentido de la visión.
Si, en el descenso, Orfeo y Pitágoras le revelaron los arcanos del ritmo, del número y la armonía –es decir, la necesidad de aplacar, a través de ellos, los estragos que ocasiona el paso del tiempo–, en el ascenso, fue el neoplatonismo el que le aportó una dimensión auroral, además de espacial y lumínica.
Algunos lugares de la pintura es el libro en el que aborda, de forma más explícita, el impacto que la imagen pintada provoca en el ojo del espectador, y por él desfilan algunos momentos estelares, sobre todo de la pintura española e italiana.

Dedicar un curso, en nuestro taller municipal de pintura, a la figura de María Zambrano, no ha estado motivado por conocer, en todas sus vertientes, todo lo que este ser maravilloso aportó al pensamiento contemporáneo.
Nuestro propósito, claro está, ha sido mucho más humilde.
Hemos tratado simplemente de acercarnos a ella para que cada cual traduzca en imágenes plásticas aquel hecho de su vida o su obra que tocó más su interior…
Algo así como un preludio que, tal vez un día, nos lleve a releerla con la atención que merece, para comprender –inmanencia y trascendencia, cuerpo y alma reunidos en un solo arcano– el hondo afán de transformación que la guió.

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Texto escrito para la exposición del taller de pintura del Ayuntamiento de Palomares del Río, en homenaje a María Zambrano. Primavera 2009.

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SUEÑO

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Es extraño sentir, en un breve lapso de tiempo, cómo se pasa en pleno día del sueño a la vigilia, de la vigilia al sueño, en las horas en las que el sol aprieta y al cuerpo y la mente no les es fácil asumir el rol que les corresponde adoptar en cada momento.
Quizá sea el sopor, el calor soporífero del verano hispalense, el que provoca en nuestra conciencia perceptiva esa extraña alteración.
Pasar del mundo sutil al mundo ordinario lleva consigo un olvido, que se torna más esquivo cuando, inútilmente, tratamos de recordarlo. Y no digamos cuando tratamos de remontarnos más allá del reino de la sutilidad, de la morada de las imágenes, remontando el reino de lo causal, donde ninguna imagen onírica subsiste.

De las horas cenitales del día, después de dormir una prolongada siesta, guardo algunas imágenes y sensaciones sutiles, algunas secuencias que, ahora verifico, no son fáciles de transcribir.
Algo, una buena nueva, un designio, se propagaba de un punto a otro de la Tierra, de un país a otro país, de un alma a otras almas. Recuerdo el paso del alma de nuestro país al alma de los Estados Unidos de América. Llegó en el ámbito de una consulta en un centro financiero, no sé si de tecnócratas o políticos, científicos o banqueros. En todo caso, esa albricia llegó dentro del ámbito de las altas esferas del poder, y lo hizo con una voz en sordina de la que no pude ver el rostro ni, por tanto, la boca que la emitió. Estaba situado fuera del campo de visión donde dicho cónclave se encontraba, y los muros que lo custodiaban impedían que pudiera ver los rostrso de sus miembros. Sólo a través de una ventana pude ver a una mujer, receptora del mensaje recibido que, con las manos en alto sobre un muro, leía y transcribía lo que en la superficie vidriosa de una pantalla estaba escrito en español.
La voz de esa mujer, de la que no pude ver su cara, dijo algo así: “Ya llegó aquí, arribó a nuestras costas. Se propaga de un emisor a un receptor, del uno al dos, recorriendo los puntos más distantes del planeta. La buena nueva ha llegado a América procedente de España”.
Tal una cebolla, cuyas capas amarillentas van cayendo a diestra y siniestra hasta poder ver el blanco terso e inmaculado de su corazón, de la vieja Hispania se desprenden costras adheridas que, como polvo o ceniza, acaban desintegrándose por el suelo. Podemos palpar en el ambiente una sobria diafanidad, que recuerda a la luminosa diafanidad de la pintura velazqueña, pero, que al igual que en Las Meninas, pintadas con tanta naturalidad, no se entregan facilmente.

Veo puertos, diques y muelles tras el telón de América, cómo ese enigma, encerrado en los límites de un pequeño retrato, que tal vez Velázquez pintó, se propaga en naves por los mares, se propaga por el aire, por las rutas de la tierra, del aire y del mar.
Es un retrato acompañado de un breve texto, tan escueto y sobrio, que no recuerdo ni una sola palabra de lo que dice. Sólo recuerdo la manera de enunciarlo, su laconismo y brevedad.
La imagen del retrato y el texto adjunto se envían, allende el Pacífico, desde Estados Unidos a otros receptores de lengua inglesa. Se envía la buena nueva después que una hispana, con las manos en alto sobre un muro –como si con esta actitud prestara juramento ante un juez–, transcribiera al cónclave americano las palabras escritas en español y vertidas por ella en lengua anglosajona.
El archivo adjunto era el retrato de un desconocido, un rostro del que todas las capas de barniz, todas las adherencias infiltradas de edades recientes o remotas, en un santiamén, como por obra y gracia de no sé qué prodigio, se habían extinguido.

Sevilla, 4 de julio de 2009

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CARTA ABIERTA A LOS PUEBLOS DE EUROPA

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Tiembla la tierra, bendita luz, se anegan los campos, lo acaecido en Fukushima, el golfo de México o Haití, es un dato más que pasó a engrosar los voluminosos anales del olvido... y hay quien cree aún que, con nuestras aprensiones obsesivas, nos lamentamos y exageramos porque no tenemos nada que perder, porque siendo la escoria del imperio, como a los antiguos cristianos, nos consume la indigencia y el rencor más corrosivo, la escoria del imperio eurasiamericano que, con sus inacabables aspavientos, nada nos puede ya ofrecer.
Proclaman con la boca llena que todo es cuestión de ciclos, como si la naturaleza supiera de los ciclos económicos que rigen nuestra sociedad, de esos ciclos engañosos plagados de embaucadores y arribistas, de buitres al acecho que aguardan el momento de desgarrar con sus picos una nueva presa, una víctima propiciatoria a la que poder devorar, para seguir oteando el horizonte y la primacía que detentan no se les esfume entre las uñas.
!Qué canibalismo!, !qué horrenda epidemia que, con la lengua fuera, nos mantiene incrustados entre la espada y la pared!
Son muchos los que abogan por esa partida de secuaces, !serán nuestros salvadores!, dicen, !los únicos que podrán salvarnos del holocausto final!
En verdad se ansía que el plomo derretido que cierne la tarde se precipite del cielo y nos achicharre de una vez, que por doquier acaben por desintegrarse todos los relojes que nos encadenan y no encuentren sus agujas tiempo alguno que mensurar, espacio alguno donde clavar su bandera...
Al fin será el no espacio-tiempo el que vendrá a saludarnos y ungir nuestra faz.

!Pueblos de Europa! ¿Qué grado de tensión se debe alcanzar aún para que toméis consciencia del poder depredador que os tiraniza?
Creéis vivir en democracia porque tenéis derecho a votar, a bienes, en gran parte innecesarios, de consumo, porque os creéis libres y tenéis la posibilidad de viajar, juicio ético o moral, acceso a la tecnología, y un sin fin de ídolos con pies de barro, que no sería fácil enumerarlos para que comparezcan en una lista.
Todo ello, por más que nos pese, comenzó a naufragar. Aunque se colmen nuestras estentóreas bocas por mantener vigentes los logros adquiridos, ese estado de cosas es igualmente ominoso, sabiendo, como sabemos, que la educación y la sanidad ofrecidas, entre otros servicios, deberían ser más honestas con la sociedad, y no ser tratada como simple cosa u objeto especulativo de consumo, a expensas de la industria farmacéutica y sus ultrajes, y a otros sobornos y chantajes de toda índole y condición. Somos sujetos y no objetos que aspiran a hacer de este sociedad un mundo más habitable y menos hosco. Y lo hacemos, pacíficamente, a través de la palabra y la confrontación. El simple hecho de sentarnos en el suelo para dialogar, mirándonos a los ojos, es un síntoma claro de que un cambio inminente se palpa en la atmósfera. Cuando nadie lo esperaba, nos volvimos a encontrar. Preñadas fueron las palabras con la bondad de un nuevo jugo. Le fue restituida a la palabra su más honda claridad, mientras por calles y plazas el diálogo se escampa como agua de mayo o rocío revivido.

No es tanto, aunque sea relevante, los objetivos que se deben alcanzar. Lo sumamente importante es que del seno de esta sociedad tan individualista, aquejada de esclerosis múltiple y amnesia moral, una parte significativa de sus miembros se reunió para auspiciar un ejemplar espíritu asambleario, recordándonos con su actitud que en un estado democrático, para que éste sea real, y no un simulacro, es imprescindible contar, persistentemente, con las propuestas y pareceres del pueblo que lo mantiene en pie. Esto es lo importante, que se abandonó por fin la apatía y la desesperanza y, saliendo cada cual de su cubil, acudió a la plaza pública, convertida, de la noche a la mañana, en un ágora griega donde poder dialogar, discutir, confrontar, ponerse de acuerdo en lo esencial, con los que de este bello y espontáneo acontecimiento participan.
Las acampadas, las manifestaciones masivas, las congregaciones puntuales para denunciar este entuerto o aquél, una injusticia obvia o una ley coercitiva, todo ello es la consecuencia lógica de ese espíritu asambleario que de pronto nos unió, como si los astros, sin saberlo, nos estuviesen mimando, auspiciando con su hermoso influjo esta inesperada comunión, este resurgir de las conciencias que se hallaban sumidas en un profundo letargo.
El tiempo, como de costumbre, será el encargado de valorar lo que este movimiento ciudadano propició, comprometiéndose con su entusiasmo en exigir una democracia más participativa y más transparencia en lo que debaten o aprueban los que dicen representarnos a nivel local, autonómico, nacional o comunitario.

Nuestros antecesores de Mayo del 68 quisieron hallar la arena de la playa bajo el asfalto agrietado o el rastro dejado por un adoquín, y sólo encontraron tras ellos una ristra envenenada de múltiples pesares e inacabables delirios. Excesiva imaginación a la que el poder depredador encontró forma y modo de plantarle cara y amordazarla, encauzándola a través de la heroína y otras drogas homicidas, que acabaron por inhibir su clamor inicial.
Alzaron iconos musicales o cinematográficos para obtener, más tarde, la potestad de destruirlos, para que sirvieran de ejemplo de lo que a otros, que los tuvieron como referencia, les podría ocurrir.
¿Quéreis nombres? Pierre Clementi aquí, Jim Morrison o Janis Joplin allá. París y San Francisco, la cabeza bifronte que, a uno y otro lado del Atlántico, se irguió para propiciar una misma revuelta, una misma insurrección, que tuvo como telón de fondo las dictaduras en Latinoamérica y la guerra de Vietnam: una guerra más que pasó a engrosar los voluminosos anales del olvido.

Ahora, más que a la imaginación o a la irrupción liberadora del subconsciente, este otro mayo nos remite sin ambages al sentido común. No es a la barricada sino a la asamblea pública, a lo que el movimiento hispano recurre para hacerse oír. No es al espasmo liberador, coartado por un racionalismo pragmático, que se expresa con la misma violencia que ese racionalismo, empírico y beligerante, ejerce sobre la población.
Como digo, este otro mayo llama a nuestras puertas con sus jóvenes haciendo alegato al sentido común. No a aquel racionalismo, fraguado, como el neoliberalismo, en los sustratos de las altas esferas de la economía y la política, de la filosofía o la ciencia, sino a la razón del pueblo que, siendo el alma de una nación o un país, puede y debe ser asumida por éste, sin coartadas de ningún cariz y sin ningún tipo de miramiento.
!Qué ingenuos!, ¿verdad.? Pues sí, sin esa ingenuidad que nos echan en cara no iremos a ninguna parte. La lucha violenta, el hostigamiento al poder sabemos ya dónde acabó, cómo ese astuto poder encuentra siempre los medios coercitivos e ilegales para encauzarlo.

Es obvio que este movimiento no es exclusivo o pionero de una actitud crítica ante el acontecer social, político y económico. Se suma a una larga lista de luchas ciudadanas, como el foro de Porto Alegre, la Primavera árabe o la valiente actitud adoptada por Islandia y Grecia, y otros muchos colectivos y plataformas civiles, que aspiran, con menor o mayor concurrencia, a una misma finalidad. Lo que en él llama más nuestra atención es la rapidez fulgurante con la que se ha alzado, poniendo de acuerdo a un sector importante de la población y a múltiples asociaciones y colectivos que a él se sumaron, sin apoyo alguno por parte de sindicatos o partidos políticos tradicionales.
Ha sido la ciudadanía la que de repente se alzó, queremos creer que por voluntaria y simple iniciativa propia, sin que, como algunos dicen, se encuentre una mano invisible y solapada, escondida tras el acontecimiento.
En verdad, el poder al que éste y otros colectivos se enfrentan es una fantasmagoría, que los hados, mientras tanto, se encargarán de disolver. Y los hados, con sus dioses más preclaros, están de nuestra parte. Los hados están con nosotros, y el espíritu de los delfines, el de los gatos y los pingüinos, el de las tortugas y el rosal. Las almas todas del universo nos asisten en aluvión desde el otro lado, en este alborear de un Nuevo Mundo.
Hoy sabemos que es de los niñ@s y adultos índigo, de los cristalinos, de los enviados, de los animales y los árboles de los que tenemos que aprender. Sin mares ni montañas, bosques y animales, el más mínimo derecho humano no se mantiene erguido. No actuemos con ellos como acostumbran a actuar los poderosos con sus subordinados. El poder que ejercen sobre nosotros no es el verdadero poder. Es un fantasma que, como todo fantasma, tiene las horas contadas para que se esfume. No es con armas que debemos enfrentarnos a él. De ese modo daremos pábulo a que se fortalezca su indómita estulticia y denigrante arrogancia. Nuestra misión es sembrar nuevas semillas en esta tierra calcinada, a la que hablaremos con dulzura para que su regeneración se produzca y eclosionen de una vez.

Es carencia imaginativa lo que siempre las élites europeas echaron en cara a España, denostando sin comprenderlo su realismo austero y ramplón. Ese realismo, que nada tiene que ver con el realismo y naturalismo decimonónicos surgidos en Francia, parece que, sin esperarlo, desplegó de nuevo sus alas con brío pertinaz. Porque lo mejor que este país ofreció al mundo (de Cervantes a Velázquez, de Zurbarán a Murillo, María Zambrano, Unamuno o San Juan de la Cruz) está atravesado por un realismo metafísico, que nada tiene que ver con la imaginación. En todo caso, los que se aferran al realismo naturalista, que aquí y allá son legión, deberían ser conscientes de que aquello que defienden con uñas y dientes fue en su día, antes de ser admitido, utópico e irrealizable, o sea, carente de razón. Lo real y razonable comienza a dejar de serlo cuando el milagro sobrenatural de una nueva aspiración utópica irrumpe de repente ante nuestras narices.
La alta estela cultural que, con el advenimiento del poder de la burguesía, portan consigo ciertos países del continente europeo, los lastra, de algún modo, en esta ocasión. El Mayo francés, con sus resortes imaginativos, se enfrentaba en gran medida al abuso excesivo que Francia otorgó al racionalismo burgués, y a las secuelas que aún persistían en el siglo pasado y, también, al aura de prestigio y halo inaccesible con el que se rodeó al factor cultural.
No pudo presumir nuestro país, a excepción quizá de Cataluña, de tener una burguesía ilustrada equiparable a la que ostentaban otros países europeos. En contrapartida, sus clases populares gozaron siempre de un gran vigor. Salvo raras excepciones, las élites culturales de nuestro país se nutrieron siempre de esa honda raigambre, que bullía como una lumbre en sus pueblos isleños y peninsulares. Y así como el intelectual europeo, para crear su obra, podía ser ajeno a los resortes vitales de las clases populares y la territorialidad de su respectivo país, en el caso de España se engendraba de otro modo. Discurría su élite cultural por unos derroteros, escasamente comprendidos por nuestros vecinos del norte. Sin el calor del pueblo y la tierra, la vida de los creadores españoles no parece alcanzar su plenitud. La vida y la obra de Ortega y Gasset podrían ilustrar, en cierto modo, lo que acabo de decir, siendo el caso de Salvador Dalí, a pesar de su fama, el ejemplo más obvio. En cambio, María y Blas Zambrano, Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández o Salvat-Papasseit, por citar sólo a algunos, no se apartaron, en gran medida, del amparo del pueblo.

Sólo en las últimas décadas, las clases populares de nuestro país, al calor de la burbuja inmobiliaria que desencadenó el mal llamado milagro económico, fueron vilipendiadas por el sistema capitalista, aspirando ávidamente a múltiples bienes de consumo de los que, hasta ese momento, se les privó. Advertimos, rápidamente, que un alto porcentaje de esos bienes no son necesarios para que un ser humano lleve su vida por una senda digna y hermosa. Es indigno, más bien, el bombardeo con que los medios informativos y publicitarios nos alienan diariamente para hacernos creer, que esos bienes a los que el pueblo aspira son imprescindibles para poder tener una vida más feliz.
El daño ocasionado a nuestro país es equiparable al que denunció Pasolini en la Italia de los años 60 y 70, con la diferencia agravante de que, aquí, el ladrillo arrasó de arriba a bajo nuestras costas e hizo desmanes en todo espacio o lugar (incluidos los parques naturales protegidos), donde le fue permitido el acceso.
En la Europa más selecta, la que auspició con medidas draconianas el pacto del euro, se mira con altivez y desconfianza a sus países periféricos. No negamos que ciertas responsabilidades las debemos asumir, pero no deja de ser paradójico que, si exceptuamos a Islandia, sean los pueblos mediterráneos, pertenecientes a la Unión Europea o sin serlo, los que estén dando ejemplo de aspirar, con su comportamiento, a una democracia más real, más cercana a sus premisas y mucho más verdadera. Una democracia cimentada en valores que desenmascaren las tiranías del horrendo y único valor del poder comercial. Europa, sin sus países ribereños, es una simple fábrica de objetos de consumo, sin valor en sí misma y encerrada en una horma que inhibe con saña su aliento vital, una fortaleza asediada que usurpó el poder real de la cultura para hacer de ella un estéril mausoleo, ostentoso y reluciente, pero carente de vida interior.

Calibrar el alcance del 15-M no sería posible sin sopesarlo y mirarlo, cuando pase un tiempo, con una perspectiva más amplia. Tratarán, mientras tanto, de minarnos. Unos y otros nos insultarán. A toda costa pedirán un embajador o embajadora de la proeza o líderes que den la cara para tratar, por todos los medios, de corromperlos. !Demasiados líderes y estrellas nos vapulean para que demos pie a que otros nuevos surjan!
Es ésta nuestra arma más preciada, la última flor, guardada con celo en un cajón. Es redonda como el cosmos y la cúpula estrellada. Aspira a ser compartida, sin líderes ni jerarquías, sin exclusivismos u oligarquías, cara a cara dialogando, emitiendo y escuchando, anónimas voces en expansión.
Como en Túnez y Egipto, habrá quienes digan que no estamos preparados para esta aventura inenarrable, que democracia y continente africano son incompatibles y no casan bien (y más tratándose de países que profesan la fe musulmana), y que la periferia de Europa, tan cercana a África, es un maremágnum del que no puede surgir nada lícito, máxime estando en manos de la ingenua e inexperimentada juventud.
Todas esas sandeces tendremos que escuchar y taparnos los oídos para que esa sarta de improperios no desafine con sus urlos nuestra bella melodía ateniense. Porque no es por la cúspide de la pirámide, sino por su base, que el nuevo reto se debe afrontar. No es por la exclusión, sino por la inclusión... !Sólo con los pies bien plantados en tierra nos está permitido el acceso a las cumbres más deslumbrantes!

Vosotros, pueblos de Europa, que fuisteis menospreciados en el pasado por el clero denostado y las monarquías absolutistas, que en ordas belicosas os empujaron nuevos líderes a enfrentaros entre sí, a luchar por los intereses de vuestra patria en tierras lejanas o fronterizas, mancillando a otras razas mientras las denigrabais y aplastabais como si se trataran de una lombriz, vosotros que, a su vez, fuisteis ninguneados por los imperios coloniales por los que luchasteis a brazo partido, sois vosotros, y no otros, que deberíais entonar con vuestras voces un canto de amistad, tender vuestras manos a los hermanas y hermanos que se hunden y alzan al pie de vuestra fortaleza, tenderlas a otras razas, sin duda alguna, mucho más hermosas de la que os ufanáis de ostentar, abriros sin remilgos ni suficiencias a otros destinos ejemplarizantes que, si queda en vuestros corazones algún rastro emotivo, un escalofrío repentino os haría temblar.
Desde la cúspide de la pirámide os dirán los nuevos oligarcas, punto por punto, en lo que no debéis de incurrir. Se lo dirán a aquellos que os mandan, maniatando vuestros brazos mientras tratan de infligiros. No lo hicieron cuando España, Irlanda o Grecia eran para sus dientes y sus bocas un inacabable festín, cuando los especuladores y sus ordas andaban por sus lindes como dueños y señores o amos por su casa, vendiendo a destajo, como hicieron los gobiernos de Alemania y Francia (o hizo con Libia y hace con Marruecos el Estado español), armas, submarinos y carros de combate al país heleno, o propiciando burbujas inmobiliarias mientras atiborraban de billetes los bajos fondos de sus pletóricas arcas, y todo era a un tiempo coser y cantar.

Estos hechos nos llevan a considerar cómo, en países de la periferia comunitaria (los despectivamente llamados PIGS), la élite política y financiera de Europa actúa, con el vergonzoso beneplácito de nuestros gobernantes, con la misma impunidad y arrogancia que lo hace en sus antiguas colonias. Y que en un mismo país, como es el caso de Italia, sus regiones del norte actúan con las meridionales con el mismo arrogante sesgo colonial. ¿Cómo, si no, se puede admitir que deshechos tóxicos, de sumo riesgo para la salud pública, se trasladen sin ningún miramiento a las regiones del mezzogiorno italiano, procedentes de la rica capital lombarda... y que, para más inri, acaben por ser transportados, con accidentes de carretera incluidos, hasta aquí, concretamente al pueblo onubense de Nerva?
Es horripilante que países africanos se hayan convertido en los estercoleros radioactivos de Europa y Estados Unidos. Lo es tanto o más el que regiones de una misma comunidad internacional, como la UE, que debiera regirse por la solidaridad y lealtad entre sus países, sea en verdad un desaguisado de desigualdades e injusticias tan horrendo como aquel que rige al mundo en su totalidad.

Es evidente la connivencia entre las grandes empresas del norte de Italia con la camorra y las mafias del sur del país transalpino, cosa que Saviano ha dejado bien claro en su libro Gomorra. Lo que no lo es tanto es que aquellos que gobiernan nuestra comunidad autónoma hayan permitido algo así, tan sumamente grave, hablando como hablan, constantemente, de economía sostenible, sin ser éste, además, en el ámbito medioambiental, ni el único ni el más flagrante caso. Existe la mafia y existe la estulticia y corrupción política que, por desgracia, en ayuntamientos y comunidades autónomas de nuestro país, alcanza a las siglas de cualquier partido político, ya sea nacionalista o de ámbito estatal, ya sea de centro, derecha o izquierda.
Lo más triste del panorama actual español es la política neoliberal que el PSOE ha llevado a cabo en estos dos últimos años, defraudando a su electorado y dando pie a que España se tiñera de azul. En las recientes elecciones municipales y autonómicas los conservadores del PP, con no pocos ramalazos franquistas, llegaron de arriba a abajo a arrasar el país, y lo hicieron porque, entre otras cosas, los votos en blanco, que fueron los más altos de la democracia, con la vigente ley electoral, como de costumbre, los han favorecido, cosa que, por otro lado, es lo que cabe esperar. Si no es a uno, es a otro. Siempre esos dos partidos mayoritarios que, en las dramáticas circunstancias actuales, aunque evidentemente no sean iguales, se encuentran en demasiados aspectos más cerca de lo que debieran estar.
Los meses que aún restan para que celebremos elecciones generales son decisivos para que el PSOE se replantee la actitud que adoptó (algo difícil con el FMI y el BCE, además de Berlín y París, con Washington en la retaguardia, tratando por todos los medios de acorralarlo) y que apruebe en el congreso, sin más dilación, algunas de las reivindicaciones de los indignados del 15-M, como poner freno a la banca o modificar la ley electoral, que favorece siempre, como ya hemos dicho, a los dos partidos mayoritarios, coartando, además, la posibilidad de alejar de nuestro panorama político el bipartidismo.

El error más grave de los que ejercen el poder es creer que son ellos los únicos que tienen legalidad y capacidad para ejercerlo. En verdad, el poder es algo intrínseco al ser humano, pero se trata de un poder que, más que ejercerlo sobre los demás, se debe ejercer sobre uno mismo, con la finalidad de liberarnos de la sombra para que la ecuanimidad se alce y brille a nuestro alrededor. El poder que los poderosos ejercen sobre los demás, no es el verdadero poder. A eso se le llama, simple y llanamente, despotismo, que puede ser, además de absolutista o dictatorial, ilustrado o de guante blanco.
La responsabilidad moral de aquellos que ejercen el poder (digamos FMI, BCE, G8, países emergentes, con China a la cabeza, que bien podría dar ejemplo de sabiduría oriental), debe ser, a escala proporcional, mucho más elevada que aquellos que lo padecen en sus propios cuerpos. Si nos fuera lícito concebir una sociedad justa y saludable, aquellos que detentaran el poder deberían ser el prototipo a seguir que el pueblo en su totalidad tendría como referencia. La referencia que actualmente tenemos es deplorable. El pueblo actúa, como constatamos en los pasados años de bonanza en nuestro país, con la misma glotonería y el mismo gesto compulsivo que el alienante poder que lo corroe.
Si el monarca absoluto es vil, los reyes y reyezuelos que lo secundan se envilecen con él, y todos sus súbditos tras ellos. Si es la vileza y la corrupción la que reina en el vértice de la pirámide, esa vileza se propaga como un virus por todo su cuerpo, hasta pudrir la base que la yergue y mantiene en pie. Y, por mucho que maquillen su rostro de vez en cuando para que muestre un aire saludable, o nos digan que su persistente malestar es una gripe pasajera que, con antibióticos a destajo, se podrá inhibir, es un cambio radical de actitud lo que se debe adoptar para que comencemos a sentir síntomas de una recuperación verdadera, eso sí, no sólo económica, concediéndole a la economía el valor importante, pero no preponderante, que se le debe otorgar.
Se me dirá ¿pero cuando el poder actuó, a lo largo de la historia humana, de forma ecuánime? Pues sí, si indagamos en la historia podemos hallar rastros de ecuanimidad, aunque hayan sido breves como estrellas fugaces. Y si no fuera así, si no se ejerció nunca el poder con justicia y equidad, es más que tiempo de comenzar a hacerlo.
Nuevamente la ingenuidad, la necesidad de no enredarnos en las lianas para tener la posibilidad de alcanzar el cielo abierto.

!Ay!, viejos y encanecidos pueblos de Europa,... ¿dónde fue a parar vuestra osadía, vuestra destreza y coraje para tentar al azar, al destino impuesto? En el transcurso de estas largas décadas de paz soterrada (de paz en Europa, pues todo se debe decir), bendito y egoísta solaz, en el que teníais el deber inaplazable de transformaros en seres más intuitivos y juiciosos, dejasteis no obstante que os adormecieran con narcóticos en un sueño letal, un sueño tan profundo que, por pereza e infantilismo, os empujó a delegar vuestras vidas en manos de malhechores, políticos y embaucadores que os reunieron para pacer en la hierba, como rebaños de ovejas, bajo una misma cerviz.
Os engatusaron con golosinas, os empujaron, mientras os recluíais, a competir con éste y aquél, a vivir en jaulas de oro que sólo conocen, además de inicuos placeres, la insolidaridad y la estulticia.
¿No creéis que es hora ya de despertar, de abrir los ojos y comenzar a andar, como un monje zen, con la cabeza alta y el cuello erguido?
Los nihilismos existencialistas cumplieron su cometido, la modernidad y la postmodernidad también... y, es obvio, la falacia representativa. Ningún poder nos puede hoy representar, ninguna jerarquía religiosa o laica, ninguna institución o partido político. Es hora ya de asumir nuestra propia responsabilidad y ejercer el poder que se nos usurpó, la dignidad y creatividad que, tras haber sido mancilladas, nos deben ser restituidas.

Medraba la aristocracia, en el antiguo régimen, a la sombra de las monarquías. Lo hacía para no perder sus privilegios o acrecentarlos aún más. Hoy es la casta política la que medra, de espaldas al pueblo, al calor de las finanzas para que sus privilegios aberrantes no sean abolidos.
Sí, pueblos de Europa, nada ni nadie nos puede ya representar. La representación se convirtió en falacia una vez descubierto el hosco rostro que encubría. Es hora de acceder directamente a la LUZ, tal como hicieron y hacen los místicos de cualquier condición, rito o geografía. Tocar la luz del SOL, sin que se interpongan en nuestra marcha intermediarios o embajadores de ningún tipo.
Sí, es necesario que bebamos con nuestras propias manos el agua cristalina de la fuente primordial, elevarnos a las cimas más escarpadas para sorprenderla, bella y clara, en su esencia más prístina.
Pueblos de Europa, llegó el momento de la desnudez, de clausurar las rutas quemadas a nuestras espaldas y danzar en torno a un fuego, cantando en voz alta esa hermosa canción: !Danzad! !Danzad!, viejos pueblos de Europa, nueva savia corre en las venas del Árbol de la Vida, una gesta impredecible se abre paso entre el caos y la precariedad, entre inundaciones y radioactividad, entre volcanes en erupción y legiones apocalípticas. Una nueva savia, tan dulce y clara como un néctar tropical, vendrá a restituir el sabor de lo real, una vez convertidas en polvo las llamas de la fantasmagoría.

Sevilla, 4 de junio de 2011

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Carta publicada en el blog de Ronald Martinez mundoclaroscuro.com